viernes, julio 27, 2007

Música

El esperado disco debut de CatalinaTom

Foto: Walter Brandimarte

El próximo 17 de agosto en el Aula Magna de la Universidad Nacional de La Pampa, CatalinaTom presentará "Más del barro", su esperado disco de estudio que promete sorprender.
La formación que encabeza el cantante Juan Ignacio De Pian, con Mauricio Flores (guitarra), Nazareno Ribeiro (bajo) y Pablo Ardovino (batería) como compañeros de esta ruta de caminos llanos, logró plasmar en el disco debut su momento de madurez musical y personal, después de la experiencia recogida en los últimos años en diferentes escenarios de la ciudad y, sobre todo, Buenos Aires.
Es CD grabado en el estudio InterM de Santa Rosa, con la colaboración del reconocido ingeniero Ariel Malizzia, tendrá un sonido muy propio de la formación, en donde se fusionan zambas con guitarras eléctricas, percusiones y voces en falsete del propio De Pian que invitan a un viaje por demás placentero.
“El Vagoo”, “Salamanqueando”, “La dancera”, “Amargo dulzor”, “Milonga a Marga”, “El ciego más bizarro”, “El reflejo”, “El vago”, “Necesito una luna”, “Más del barro” entre otros, son temas que formarán parte del disco.
Las entradas se pondrán en venta la semana próxima y se conseguirán por $5. En el hall también se venderá el disco por $20.

viernes, julio 20, 2007

Semblanza

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miércoles, julio 18, 2007

Magna Jazz II

Un concierto impecable



Sábado 14 de julio de 2.007
Aula Magna de la Universidad Nacional de La Pampa
Fotógrafo: Miguel Moreira

Fotos magna jazz

El padre de la criatura



Mariano Otero. Fotos: Cecilia Fernández.

martes, julio 17, 2007

Poema


Dicterios

Hijo de puta.
Forro.
Mogólico.
Mierda.
Pelotudo.
Boludo.
Forro.
Hijo de puta.
Eso es lo que soy
(para ella,
sólo para ella).
¿Lo pensará en serio?

Silamim

Poema


Silencio impredecible

Suena el teléfono y sueño
una vez más con mis propios sueños.
Pero estoy despierto.
Es una voz oscura, cargada de ira.
Y no me resisto a compartir mi dolor.
Voy a su encuentro,
a su largo encuentro,
aunque apenas sea una voz,
lejana.
Las almas penosas me rodean de un dolor que no puedo sostener.
Y de repente la voz se convierte en grito,
la dulzura es amarga como la tierra,
el agua se contamina de dolor y se expulsa en los ojos,
que le abren la puerta al vacío del dolor
(húmedo y mojado dolor)
luego confundido en un abrazo
profundamente violento.
Retumban los tambores,
y el ritmo es una orquesta infernal que asusta.
De repente todo se silencia
mientras la dama de negro parece mostrar su imagen invisible.
Pero ahí está la luz,
brillante luz,
para acariciarla a ella,
adn de mi adn;
río rojo de mi mismo río,
para inmacular la fusión
y espantar a Rasputín,
que se aleja solitario
en un silencio impredecible.
Tal vez para siempre.
Acaso para nunca más volver.

Silamim

Poema

¿Qué voy a hacer?

Son mis ojos que no ven
lo que deben ver.
Es mi corazón que late
sin saber por qué.
Es mi cuerpo el que se derrite
como hielo en el desierto.
Son mis piernas, la que ceden,
sin deber.
Son sus palabras,
malditas palabras,
que disparan las municiones más pesadas.
Como una guerra infinitamente insoportable.
Porque soy débil de alma.
Porque mi bondad me pertenecerá para siempre.
Sin ser el tirano que parezco ser.
“Si soy así,
¿qué voy a hacer?”

Silamim

miércoles, julio 11, 2007

Nota



NOTA DE TAPA/MARIANO OTERO

“Trato de hacer música honesta”


El contrabajista, líder de la formación que el sábado se presentará en el Aula Magna en la segunda edición de Magna Jazz, explicó que busca ser auténtico a la hora de expresarse sobre el escenario y, sobre todas las cosas, sentirse pleno con su interior y sus deseos.

Mariano Otero es simple. No parece el esposo de Florencia Peña contaminado por las mieles del estrellato al que muchos se pegan. Es un pibe de barrio crecido en Avellaneda, hijo de un músico y una psicóloga, que quiere tener su lugar en el mundo escribiendo y haciendo jazz. Pero un jazz que lo haga sentir completo en el escenario en donde pueda disparar esa entrega espiritual que todo músico tiene adentro.
“Es un abismo de diferencia entre ir a tocar a una fiesta o tocar la música que uno disfruta tocando. Ahí es donde realmente hay una entrega espiritual”, le dice Mariano a Kresta, a un par de días de actuar en la segunda edición de Magna Jazz con su orquesta de 13 músicos.
El contrabajista lidera este proyecto inusual para el género en un momento del jazz argentino que crece en silencio pero a pasos insospechados. Porque mucho se escuchaba del Mono Villegas, Walter Malosetti, Oscar Alemán y las grandes orquestas de jazz americano que desembarcaron en el país hasta los 80.
Después hubo otras historias. Solitarias por cierto. Y más acá en el tiempo, las apuestas solitarias sostenidas en bares exclusivos, acompañadas de una carga de perseverancia que ha cosechado muy buenos hijos. “Lo que está pasando es real. Hay cantidad de grupos tocando como Escalandrum, Rodrigo Domínguez, Ramiro Flores, Mariano Loiácono... No había gente escribiendo música buena a la altura de tocar en cualquier festival, inclusive de Europa” cuenta Otero, con tres discos como protagonista central: “A través” (Bau Récords 2003), “D.Forma” (S-Jazz, 2004) y “Tres” (S-Music Récords, 2006).
La orquesta funciona con los pulmones de cada uno, no solamente los que ejecutan los vientos. Porque, como dice el líder, todos “reman” en este barco gigante de la Argentina de principios de milenio.
“Acá nadie puede pagar los ensayos y laburamos porque nos gusta la música. En los shows trato de que los músicos tengan las mejores condiciones que se puedan conseguir para que el esfuerzo esté recompensado, porque todos empujamos para el mismo lado. Tal vez tengamos una mentalidad cooperativista. Hay determinadas orquestas en donde un tipo las banca, pero acá no es así. Tengo otra formación como quinteto o sexteto, además de la orquesta, y al que le interesa el proyecto se suma. Más allá de que es nuestro medio de vida, no lo tomamos exclusivamente como un trabajo, disfrutamos haciendo la música que nos gusta. Por ahí tocamos en fiestas, en lugares donde nos llaman, pero no es lo mismo”.

- Hay una diferencia que debés notar con la orquesta a la hora de expresarse en el escenario.
- Es un abismo de diferencia entre ir a tocar a una fiesta o tocar la música que uno disfruta tocando. Ahí es donde realmente hay una entrega espiritual, por eso lo que queremos hacer cuando tocamos puntualmente la música que nos gusta, es tratar de elevarla y llevarla al extremo musical que se pueda.

- Formar parte de un proyecto de orquesta, donde aún las grandes orquestas dentro del género están emparentadas con el jazz tradicional, ¿qué repercusiones te ha traído?
- La repercusión en Buenos Aires está a la vista. Tuve como un montón de evoluciones en el trabajo, el Premio Clarín, la nominación a los Gardel, vendimos 2500 discos, llevamos 13 lunes en la Trastienda llena, participamos en el concierto de Dave Holland y está comprobado que la orquesta funcionó. Eso, para mí que soy el líder del proyecto, es muy importante. Cada paso que damos es como que hay una expectativa muy grande. Me llegan mails a la página todos los días, de los shows, de cómo la pasaron. Eso está bueno.

- ¿Sospechabas que iba a poder funcionar como ha funcionado?
- Por un lado sabía que iba a funcionar en el aspecto humano, porque conozco a los chicos, todos nos conocemos más allá de que cambiaron algunos músicos. Los que se fueron significaron mucho y los que están ahora también representan mucho para la orquesta. La cuestión pasaba por saber cuán rápido podían decodificar la música que yo tenía en la cabeza. Y también para que a los chicos se les hiciera placentero. Escribir la música, se escribe, lo hacés y ya, lo difícil es juntarla. Yo no voy a desprenderme del ojo por lo que digan lo demás. Soy eso, lo que suena en “Tres”, el disco de la orquesta, y soy el disco que estoy por grabar ahora.

- Hay una influencia muy marcada en el sonido de la orquesta emparentada con el sonido de Charles Mingus en sus grandes formaciones. ¿Lo buscaste?
- Admiro muchísimo a Mingus, tanto musicalmente como política y filosóficamente. Pero también he escuchado a Dave Holland, Stravinsky, Miles Davis, Led Zeppelin, Jimi Hendrix... La referencia a Mingus es muy clara desde algunos puntos de vista, me gusta la música desprolija, que tiene ruido, que no está hecha con un objetivo de aprobación, me interesa la música honesta y es lo que trato de hacer.

- ¿Sos consciente que desde la aparición de proyectos individuales, fusionados con el tiempo y sobre todas las cosas con la perseverancia de insistir con una propuesta auténtica, se ha logrado alcanzar una identidad que el jazz argentino no tenía?
- Jazz argentino, eh, no sé... En realidad en mi cabeza no tengo la pretensión o el deseo de hacer jazz argentino, tengo la intención de ser expresivo, escribir y tocar un instrumento. Tengo el bagaje de los que nacimos en Argentina, soy de Avellaneda, mi papá es músico, mamá psicóloga y eso arma algo de lo que tiene que ver con mi identidad. Yo trato de ser un artista honesto y escribir la música que me identifique y me haga sentir pleno espiritual e intelectualmente, que me mantenga vivo. No le busco una conexión con lo argentino, sino con mi interior y mis deseos.

- Muchos no quieren escuchar o ver lo que hicieron en el pasado. ¿Te gusta lo que pasó con A Través o D.Forma?
- Yo soy muy movedizo. Estoy por grabar un disco nuevo con la orquesta, el quinteto o sexteto es música mía y lo que hice me gusta mucho. Si me preguntás cómo sería esta música más adelante no lo sé, por lo pronto yo me veo continuando en el camino de investigar en la composición, cada vez de manera más profunda. Me interesa desprenderme de las cosas, porque me hace crecer, uno o dos discos por año me hace bien. Avanzo sobre mí. Creo que voy a hacer lo mismo pero evolucionado, como intento que sea el nuevo disco del anterior. Cuando miro para atrás siento paz, porque hice las cosas con honestidad. Nunca me tiré a chanta y eso me hace bien.

- ¿Cómo te llevás con la docencia? ¿Ves interés de muchos chicos por conocer el género?
- En mi experiencia dando clases en estos últimos años vi muchísima gente. En la orquesta tengo un músico que fue alumno mío. En el quinteto también, hay un músico increíble al que conocí dando clases. Y yo también fui alumno de tipos con los que toco. Se está agitando mucho en los últimos años y me parece que lo que está pasando es real. Hay cantidad de grupos tocando como Escalandrum, Rodrigo Domínguez, Ramiro Flores, Mariano Loiácono, Oscar Giunta, Javier Malosetti, lo que pasa es real. No había gente escribiendo música buena a la altura de tocar en cualquier festival, inclusive de Europa. Me parece que esto va a trascender las fronteras de lo estilístico.

- Pero da la sensación de que aún hoy hay chicos que prefieren aprender un par de acordes de guitarra y formar su banda de rock.
- Yo me crié escuchando rock. Pero probablemente el profe le enseñe la canción de esa manera porque también necesita ganarse el mango y el pibe está identificado con un fenómeno social. La juventud quiere ser famosa, comprarse un instrumento y ser famoso. O tener buena ropa para estar en el Pepsi. Me parece más revolucionario y moderno la música que tiene que ver con jazz o rock, a aquella música hecha para generar un éxito y llenarse de guita. Pero hay mucha juventud entendiendo lo que estamos haciendo, hay otra búsqueda y una libertad o expresividad que tal vez no la encuentren en otro género.

- De todos modos el jazz no tiene un lugar en la preferencia de las discográficas. ¿Cómo se puede luchar contra eso?
- Mi primer disco lo grabé con BAU Récords, después grabé por la EMI gracias a que grabé un disco de manera independiente. El momento más importante tal vez no fue ese, por ahí lo bueno fue conocernos con Adrián (Iaies) y Alejandro Varela. El disco más importante que hice fue Tres, con S-Music. Pero no podría haber llegado a eso sin haber grabado de manera independiente. De todos modos el músico de jazz vive de tocar y dar clases. La suma de hacer diez shows, trabajar en dos lados distintos y ocupar tu tiempo así, hace que seas un changuero calificado: cuando más changas hacés, mejor te va.





miércoles, junio 27, 2007

jueves, mayo 31, 2007

Relato breve


Manos que dicen


Las manos siempre me produjeron curiosidad. No sé por qué, pero creo que son capaces de definir las personalidades y los actos de los seres humanos. ¡Y vaya que hay manos!Creo que en una galaxia, yo elegiría la constelación más próxima si me dieran alternativas y allí depositaría las manos de mi padre. Y haría esta elección no como un simple acto demagógico, sino porque creo que, sus verdes ojos y grisáceo cabello –desde luego, con sus manos como disparadoras de mi análisis-, constituyen los elementos necesarios que me posibilitan transportarme en el tiempo con esa compañía abstracta tan necesaria cuando la angustia es capaz de ser más fuerte que la sonrisa y la felicidad efímera que pueden arrancar el resultado de tu equipo favorito de fútbol o básquetbol, o la victoria de un boxeador admirado. Es que estas cosas suelen ser, para aquellos que podemos llorar sin derramar lágrimas, demasiado fuertes como para tacharlas del calendario.
Por eso quiero rendir homenaje a esas manos que aplaudieron las mejores noches en las reuniones con ocasionales amigos, transeúntes de cabotaje a los que jamás podré llamar amigos. Es una manera simple, acaso muy banal, para lo que él ha representado en mi vida.
Las manos de mi padre han sido demasiado generosas. No estuvieron curtidas por el trabajo con maquinarias pesadas, pero interiormente creo que se sintieron como encapsuladas dentro de escafandra. Demasiado para tan poco. Mi memoria me trae en este momento una palma grande, dedos gordos capaces de hincharse en las noches de alcohol, con gruesas venas conductoras de sangre combinada que tornasolaba el verde, rojo y azul, en un violeta furioso.
Esas manos fueron las que, treinta años atrás, acariciaron mi rostro por primera vez, cuando mi madre aún se reponía de su anestesia. Y fueron las últimas que tomé cuando trataba de transmitirle mis energía para que despierte de ese sueño que, un rato más tarde, sería eterno. Sus manos eran ásperas, sus palmas transpiraban hasta en los inviernos más crudos, pero las tengo tan presentes que hasta me parece sentirlas como cuando un día de furia, por una travesura de niño, me golpeó hasta dejarme sellados sus dedos en mi mejilla derecha. Esa es, tal vez, la dolorosa caricia que más presente tengo, cuando –sospecho yo en un acto de arrepentimiento- pasaba su mano de un lado al otro mientras un niño que no despertaba de su miedo, se tendía en su regazo. Esa mano diestra de maestro, ensuciada con tiza blanca en el pizarrón verde del colegio Normal, es la que recuerdo a menudo pero extraño para estrecharla. Creo que lo mismo, pero en proporciones diferentes, deben sentir mis hermanos y mi madre. Era también la mano maestra de los asados domingueros, la que con el tiempo empezó a teñirse de ese amarillo opaco que delatan los rasgos de la nicotina y el humo del cigarrillo largo. De mi padre he heredado, tal vez, esa bohemia que me ha acercado a la buena música, la lectura y la pasión por los deportes, en especial el boxeo. Es un lazo que no puedo dejar pasar por alto aunque quisiera, en especial porque las fotografías en las programaciones sabatinas del club Santa Rosa con un rubio de orejas prominentes, así lo testimonian.
Hasta estos días me lamento no seguir cursando las clases de un erudito del boxeo profesional de cualquier parte del planeta. Era capaz de enseñarme el secreto para que un boxeador con un récord negativo pueda tener chances ante el mejor exponente. Es que no había perfección ni excelencia en su manera de pensar y ver las cosas. Menos en un deporte como el boxeo, al que muchos definen como el arte de pegar y no dejarse pegar. Yo entiendo por excelencia en la disciplina, aquel boxeador que haya conservado su pantaloncillo y su licencia, sin rastros de sufrimiento y dolor. No es que se trate de una medida extremista, pero intento graficar que a mi manera tampoco es válido el concepto de la perfección en el sentido fino de la palabra.
Mi padre ha apretado las manos de los más grandes boxeadores que dio la provincia. Recuerdo, por comentarios de mi madre, que pospuso su Luna de Miel por ir a alentar a un boxeador al que llamaban Zorro al estadio Luna Park, la meca del boxeo argentino. Hoy, a modo de legado, soy yo el que se conecta con la camada actual del boxeo. Y esas manos que aprieto con fuerza representan es apenas un simple formalismo que me encargo de cumplir a modo del respeto al ser humano, de testimoniar mi reconocimiento hacia esos rostros sufridos, alimentados en sus infancias a pan, tortas fritas y mate cosido. Ese es un elemento que va de la mano en la formación -en la gran mayoría de los casos- de estas almas que son hipotecadas sobre un cuadrilátero con el propósito de encontrar la fama y los millones cumpliendo un mandato simple: derribar a su oponente.
He visto manos curtidas por los golpes. Y no son precisamente las manos rosas de un escritor o un estilista. Son manos marmoladas, con palmas blanca y arrugadas con líneas infinitas que parecen representar un folleto publicitario de las salidas de los aviones de una aerolínea internacional y sus destinos. Se nutren de dedos lastimados, cicatrices, nudillos con cayos y uñas largas.
Roberto es un campeón sufrido. Se crió en una localidad muy pequeña y era uno de los siete hermanos de la familia Arrieta. Me confesó que, cuando volvió a su tierra ya con el cinturón de campeón sudamericano, sintió vergüenza. “Es que la misma gente que me saludó, es la misma a la que fui a pedirle un pedazo de pan cuando en casa no teníamos para comer”.Esas franjas invisibles en la memoria del hoy campeón revelan el camino transitado. Y cada uno de esos caminos están grabados a fuego en esas manos que jamás conocieron la caricia en la cara materna. Son las manos que golpearon mil puertas, como carta de presentación para un pedido desesperado de hambre. Las mismas que, en la adolescencia, se embadurnaron de dolor, descalcificadas, como delatoras de una alimentación deficitaria, sin proteínas ni nutrientes necesarios para la formación del ser humano que se precie de crecer al margen de la pobreza. Hoy Roberto, como cualquier boxeador, utiliza sus manos para vivir. A costa de cualquier recompensa. No sólo golpea cada vez que sube a un cuadrilátero, lo hace a diario en sus entrenamientos solitarios ante la bolsa o los sparrings. Aquí voy a permitirme reparar en una cuestión acaso muchas veces pasada por alto por los improvisados periodistas o aquellos privilegiados espectadores de ring side, capaces de elaborar una crítica en cuestión de segundos. Es el facilismo con el que se suele opinar, sin conocer el trasfondo del individuo que busca la paz que puede darle un colchón de billetes mientras convive, de manera casi inconsciente, con la muerte.Las manos de Roberto hoy están cargadas de historia. Desnudas, caminaron y se secaron en el frío del oeste; vestidas con las mejores ropas, se pasean como una de las más cotizadas del pago pues ellas tienen la capacidad de abrazar y amasar los millones de un título del mundo.
Sin embargo en el mundo muchas manos esperan con mirada al cielo, como si se trazara una perpendicular imaginaria perfecta con los brazos pegados al cuerpo. Es un llamado que pocas veces se atiende, con ese recipiente de respuestas vacío que aguarda y aguarda.
Como Norma, la madre de Andrea, desaparecida cinco años atrás en un episodio gris -por no decir negro-. Ella espera a la niña que será siempre, la que lleva su misma sangre. Y se desespera cuando por las noches oye su voz, de auxilio, en el subconsciente que la acerca del más allá terrenal o galáctico. Porque sus manos son las que se cierran y golpean en su cabeza por la desaparición repentina por haber hecho oídos sordos a su ruego con mares de sangre desparramados bajo la piel con la violencia como compañera del miedo. Es la muerte misma que no quiere imaginar, pero que parece cada vez más cierta; es la angustia que a diario le corre por su cuerpo mientras el hombre de Andrea, al que muchos apuntan como el responsable de su ausencia mágica, cuenta los días para recuperar la libertad.Son las manos de la justicia teñidas, en una balanza desequilibrada en donde el bien y el mal ya no definen por penal. El mal ha ganado su partido por escándalo en un juego ilícito contagiado de trampa, como una epidemia capaz de abarcar el más grande de los espacios imaginados.Así lo ha hecho la mano del dictador provincial, que utiliza a menudo su índice derecho para mostrar el camino de una libertad encubierta, cargada de horror y miedo, potenciando el hambre en donde el hambre es rico; generando una campiña minada de holgazanes que multiplican sus salarios en cuestión de horas, siendo cómplices a la permanencia del poder del dictador. Sólo eso basta para sortear la línea de pobreza: encausarse en el mismo río que el dictador de turno.Esas manos sobonas son las que cargan con cuchillos invisibles, casi como anestésicos, en almas analfabetas complacidas con leche vencida a cambio de un voto. Sólo eso.No es necesario que repare en esto para explicar de qué se trata mi idea. Pero la clase dirigencial, cargada de demagogia, potencia la pobreza con estos mismos métodos, pues la pobreza se multiplica con el libertinaje, y el libertinaje se reproduce a borbotones, como los disparos de una ametralladora.Esas sin que son manos sucias. Y ahora quiero servirme de esta metáfora para conectarme -y desconectarme de un mundo del que no me gusta ser parte- con las manos más bellas que he visto jamás: las de mi abuela.Ella las ensuciaba con harina triple 000, preparando las empanadas para los enormes acontecimientos cada fin de semana. Ella las ensuciaba con las sabrosísimas salsas de cereza para acompañar el peceto, su plato preferido.
Mi abuela era –no quiero cometer, al igual que con mi padre, un acto de orgullo familiar- una estupenda cocinera oculta, la madre de un imperio que levantó junto a su esposo Omar, un mozo que con sus ahorros se atrevió a los servicios de catering (antes llamados servicios de lunch).Ana las aseaba, las mimaba y las contenía día a día. Eran impecables manos con dedos perfectos, sin los síntomas típicos de la vejez que sí era capaz de manifestar el cabello.
Era un deleite para los ojos de cualquiera ver esas impecables uñas rojas, esos anillos dorados y delicados, sinónimos de una coquetísima señora de las cinco décdas. Nadie, en un encuentro desconocido, hubiese imaginado que esas manos servían al resto y llevaban, en cada bocado, una añadidura de amor que sólo ella era capaz de conseguir.Y es en este instante, en donde uniendo conceptos de los expertos cocineros (ahora denominados chefs pues el mundo globalizado también ha transformado hasta los conceptos) llego a la conclusión de que a un comensal se lo convence siempre y cuando la comida esté elaborada con amor. Y ese es el amor que mi abuela disponía a cada hora, enterrando sus malhumorados momentos. Era una especie de salvavidas con el que podía navegar hallando su libertad en un mar de afectos.Por eso creo que su corazón se multiplicó hasta estallar. Pero de manera tal que hasta escogió –otra vez debo decir de manera inconsciente- su lugar para morir y despedirse de este suelo compartiendo un almuerzo dominguero en mi casa, junto a mi madre (su hija), mi padre y mis hermanos.Puedo hoy mismo recordar sus manos quietas para siempre, como hierro macizo, colgando de la camilla. Aún así eran manos suaves como un terciopelo, con el pulso silenciado por el tiempo. Esa imagen tendida, como muñeca de porcelana de labios violáceos recostada en un dulce sueño eterno, es la imagen que hoy enciende mis miedos y calma mis angustias. Sé que el amor verdadero, el que es capaz de respirarse, el que tiene color, sabor y olor, sólo puede encontrarse en el patio de tu casa. Es un legado que, de un modo u otro, he interpretado para tratar de respetar como si fuera el mandato de un testamento fantástico.Y mis manos son las conductoras de esa ley no escrita que se tratan de estampar en un abrazo a mis hermanos o sobrinos. Creo que, decididamente, ese es el momento en el que deposito el mayor de mis sentimientos con el menor de mis esfuerzos.Es una construcción que me viene a la mente y que elaboro tan pronto como que mis ojos se posan una y otra vez en las pequeñas manos de mis sobrinos, tan vírgenes y honradas que hasta daría parte de mi alma para clonarlas e injertármelas a mis brazos.
Soy capaz examinar, a través de un apriete o simple caricia de manos, el comportamiento de las personas. Me lo ha dado la experiencia y pocas veces suelo equivocarme.Y no me equivoco en definir a las manos de mi madre como las más simples, honestas y sinceras del mundo. Tantos atributos juntos que son capaces de hundir al dolor mismo en el fondo más lejano, ahí donde ni si quiera el eco se arriesga a llegar. Porque esas manos, ¡válgame Dios!, son las manos más valientes con las que me he llegado a encontrar. Ensuciadas por manos traicioneras, lastimadas por manos propias, heridas con látigos salvajes. Pero aquí están. Firmes. Las toco, las acaricio y las amo. Soy capaz de escribir el mejor de mis poemas con sólo nombrarlas.
He dicho que pocas veces suelo equivocarme en esto de las apariencias. Y sí que vale la pena estar vivo para encontrarme con las manos de mi madre, tan especiales que hoy parecen pájaros en el aire. Pero sé que esas manos alguna vez quedarán mudas. Me atemoriza pensar en el futuro. Hoy me detengo por un instante, reparo en mis manos rosamarillas y pienso... Si la divinidad fuera capaz de aceptarme un trato, volaría ya mismo lejos, muy lejos, con las manos de mi madre empujándome al paraíso. Sólo crecerán las uñas y al menos así podré vivir eternamente sin cargar con un dolor que ya empieza a intrigarme de solo pensar.

jueves, mayo 17, 2007

Música

CatalinaTom y el disco que se viene
Foto: Walter Brandimarte

CatalinaTom, una de las formaciones pampeanas más importantes de la música doméstica, prepara su primer disco de estudio que se llamará “Más del Barro”, grabado en Buenos Aires y en los estudios InterM de Santa Rosa.
Es CD de la banda conformada por Juan Ignacio De Pian, Mauricio Flores, Pablo Ardovino y Nazareno Ribeiro, que ha logrado una identidad y reconocimiento con los años (sobre todo por su impronta de pertenencia con interpretaciones como El Vago, en donde se escucha la voz de Juan Carlos Bustriazo Ortiz) empezó a tomar forma a principios de este año y contó con la participación de músicos locales y foráneos. Los temas que formarán parte del disco serán “Salamanqueando”, “La dancera” (una impactante versión), “Amargo dulzor”, “Milonga a Marga”, “El ciego más bizarro”, “El reflejo”, “El vago”, “Necesito una luna”, “Más del barro” y “Estar son los otros”.

lunes, mayo 14, 2007

Poema

Como quiero que estés conmigo

Como quiero que estés conmigo
para saborear la tierra entumecida
de las almas más puras,
de las alas cortadas y las pupilas nubladas,
sin paraísos de rosas rojas y blancas.

Como quiero que estés conmigo
para acompañar mi camino
de espinas secas y vidrios molidos,
de brasas ardientes y clavos oxidados.


Como quiero que estés conmigo
para beber este azúcar salado
y el malbec avinagrado
con la borra como insoportable
seguidora del destino.


Oh, padre mío
no alcanzo a soportarlo
no puedo sostenerlo,
es el dolor más doloroso,
el amor más odioso,
que el camino me ha otorgado.

Sin ti, compañero de mi sangre.
Sin mi, compañero de tu olvido.


Silamim

Poema

Cuál es el destino?

Ey tu, poeta sin abecedario,
dónde están tu moño
y tu saco blanco?


Y tu, caminante solitario
de la tierra más chata
que la altura puede otorgarle,
cuál es tu destino?
tu solitario destino?


Y cuál será esa calandria
que en el alba te acaricie
tus oídos calcinados?


Niño viejo, del desierto
bardinosamente acompañado
sobre dos pies, de historias ensambladas.

Del alazán o el pintado,
y ese aguaribay que hoy calla,
pues no tiene a quien cantarle.


De las hojas desnudas, límpidas,
para un baño decimalmente
pintado de Juan Bautista.

Poeta del abecedario empírico,
amigo solitario,
de capa negra y soga roja
que nada bien lejos,
con las almas de su infancia
cuando la libertad era la vida,
y la vida no se enfrentaba con la muerte.

Ey tu y tu risa de boca cerrada!
cuéntame ahora
qué poemas se escriben
en ese destino que espera?


Silamim

viernes, mayo 04, 2007

Cuento


Maldito el tiempo

“Hoy no voy con ustedes” dijo Ezequiel. Con José nos miramos sorprendidos, cara a cara y lanzamos al unísono la pregunta:

- ¿Por qué?
- Porque me voy con Verónica.

El mundo seguía corriendo. Aunque para nosotros, de una manera diferente. A los 15 años los amigos de la secundaria se convierten en hermanos. Y son capaces de cualquier cosa para que nadie aparte de su lado lo que –creen- les pertenece, acaso en un razonamiento egoísta.
Es un proceso cronológico entendible. Y hasta una cuestión mágica que sólo es capaz de entregar la ley abstracta de la vida.
Me acuerdo de esa primavera, en tercer año, como si mi reloj se hubiese detenido en este mismo momento.
José era bueno en matemáticas y ciencias sociales. Muy inteligente y capaz, de esos alumnos que ordenan las carpetas con separadores coquetos, subrayan con lapiceras de colores los temas más interesantes y toma con religiosidad sus dos horas diarias para hacer las tareas. Repartía muy bien sus espacios, impulsado tal vez por obligación de su madre, una docente de 1,50 metros que se ganaba la vida extra encuestando a la gente de los temas más diversos e inimaginables.
Le gustaban mucho los pájaros. La vigilia de los sábados se convertía en la más feliz que un adolescente puede tener. Y muy lejos de las tentaciones de moda, en donde el pool había quedado atrás y los videojuegos se instalaban para crear una nueva atmósfera de divertimento para los chicos. Digo que para José, como para cualquier otro niño, la vigilia era la más hermosa y pura que un ser humano con una vida entera por delante puede tener. Esa sensación incomparable que es capaz de dejarte con los ojos abiertos la noche previa, deseando que los segundos se consuman rápidamente.
Nada de tareas los días viernes, para eso estaban los domingos. En esos viernes tan especiales, José armaba sus equipamiento para fugarse al medio del monte con amigos a cazar cardenales de la manera menos hereje: con pega pega. Los pajaritos gritones caían en las trampas de esa especie de cera para depilar que usan las mujeres, antes de ser enjaulados para alegrar las mañanas.
José era, en ese tiempo, una especie de gurú para su círculo. Por eso Chicho o La Chancha (así se llamaban sus ocasionales amigos de cacería) siempre corrían a la par. Las decisiones y los lugares concretos para dar con las mejores especies sólo eran conocidos por José, un líder natural por peso propio.
Además de esa virtud, a José le gustaba recoger objetos que descansaban en las calles. Llaves, relojes en desuso, herramientas, bicicletas oxidadas... todo iba a parar a la gran bolsa. Por eso siempre nosotros preguntábamos: ¿Cómo es que tenía semejantes herramientas? La respuesta era simple: porque iba detrás de ellas o porque ellas esperaban su llegada. Como si las tuercas, destornilladores o radios desarmadas, soportaran estoicamente los golpes del tiempo para prolongar su existencia. En algún momento llegarían las manos salvadoras de José para ofrecerles una nueva oportunidad. Quería ser veterinario, pero el Servicio Militar Obligatorio le frustró un sueño. Recluido lejos de su casa, con 18 años, José se enamoró y pronto fue padre. El futuro profesional de la familia quedó en un trabajador medio en las oficinas municipales, de regreso a su ciudad.
Ezequiel era bohemio. Excelente alumno y mejor compañero. Le gustaba escuchar a Los Beatles, Sumo y los Redondos. Tenía mucho interés por los aviones –una pasión que también atrapaba a sus hermanos- y era un ganador con las mujeres. Una especie de Dandy adolescente, capaz de enamorar a la mejor jugadora de cesto del momento, como a la hija de los jueces o conquistar el corazón de una bella mujer. No hacía nada para ir en busca de ellas, ellas venían a sus pies, atraídas por su cabello negro, su elegancia para caminar y su talento para besar.
Nada de esa imagen se mantiene hoy. Ezequiel dejó de escuchar Beatles y profundiza en el folklore argentino. Toca el bombo y vive en Buenos Aires. Está enamorado de una mujer a la que fue a buscar y le falta apenas la tesis para ser comunicador social. Su metamorfosis llegó al punto de duplicar casi su peso corporal de adolescente. Saborea los buenos vinos como un exquisito sommelier y lo pueden las empanadas caseras y los asados.
Yo soy Manuel. Era parte de esa trilogía inquebrantable, de ese cuerpo estable que se movía impulsado por nuestras mismas sensaciones. Una bola homogénea de sueños juveniles, desentendidos de los problemas del mundo de fin de milenio. Sólo pueden entender esto aquellos que sienten por amistad el concepto profundo de la palabra.
Debo decir que no tenía la misma suerte que Ezequiel para las mujeres. Yo las buscaba pero ellas no aparecían. Y podía distinguirme de José porque no comprendía la vida en el campo en búsqueda de pájaros para que musicalizaran mi hogar. Me gustaban los deportes en la televisión, sobre todo el tenis, y el rock nacional que se escuchaba en radio.
Era buen alumno también, más allá de algunos pequeños baches. Recuerdo haber finalizado ese tercer año con Superado la materia química. He cometido alguna travesura en mis ratos libres –ninguna que pueda ser castigada con la pena de muerte- o en ocasiones en donde las materias se hacían demasiado aburridas. Tenía ciertas fobias, una con el cabello y otra con las camisas.
Mi cabello era castaño brillante hasta los hombros, lo trataba con shampoo de manzanilla y cremas para fortalecer el crecimiento y evitar las malditas raíces. Jamás, en los cinco días de la semana, repetía camisa pues había heredado una buena colección de mi padre (amarillas, blancas, rosas, celestes, a rayas). Trataba de combinar los colores con las corbatas (algunas de ellas también de mi padre), el blazer azul y el pantalón gris. El único que no llevaba corbata era Ezequiel, claro, he dicho, él era el Dandy del tridente.
Los tres teníamos un mismo objetivo de sábado a la tardecita, cuando ya no había pájaros por cazar, cuando los partidos de tenis se habían acabado y cuando los aviones estaban en los hangares. Nuestra ambición era conquistar el mundo, sentirnos los reyes del matinee y abrazarnos y besarnos con las mejores mujeres, situación que pocas veces lográbamos José o yo.
He llegado a contabilizar un año entero de sábados ininterrumpidos con asistencia a los matinés del boliche de moda. Siempre recordamos la anécdota con Ezequiel. En realidad el que refresca la memoria con ese episodio soy yo.
Intenté con la medicina, pero me di cuenta de que abrir cuerpos o analizar pacientes, no era mi elección de vida. Sentía que, de alguna manera, debía conectarme con el deporte de la manera que fuere. Y estoy feliz de haberla encontrado con el periodismo.
Ezequiel hoy está lejos. Pero siempre está cerca. José hoy está cerca, pero estuvo lejos.
Con su nueva vida empezó a enterrarse en la tierra más profunda jamás imaginada para nosotros. Fue su batalla con el otro yo por la que aún pelea.
José empezó a fumar marihuana. Y a tomar cerveza una y otra vez hasta convertirse en un alcohólico.
Decidió vivir con amigos, buenos pibes, pero malos amigos. Se ganaba la vida levantándose cada mañana a las 6 para ser un empleado municipal más. Y pagaba las cuentas y sostenía a los vagos. Pero su felicidad efímera lo desconectaba del mundo real.
Eramos hermanos. Y el pecho se me infla cada vez que digo que soy el padrino de su hija. Eso me demuestra su confianza, su presencia permanente y su amor incondicional. Lo que no le demostré yo en todos estos años.
La vida nos separó y la muerte golpeó nuestras puertas. Recuerdo cuando con Ezequiel y Germán golpeamos su puerta, una noche de verano y José nos respondió borracho, con olor a cigarrillo negro y una rara mezcla de Gancia con cerveza. ¿Qué demonio había conquistado su mente? Ni aún hoy puedo entenderlo.
No supe de él en mucho tiempo. Preguntaba a terceros por su existencia, de la que sabía poco y necesitaba saber más. No podía reconstruir la vida adolescente porque no existe ley alguna capaz de volver el tiempo atrás. Pero me movía mucho la necesidad de conectar al menos esos tres hilos que pienso llevar conmigo hasta que duerma mi siesta más larga. Y podía lograrlo de una manera: conectando a José.
“Estuve con José en el casamiento de su hermano”- me dijo Ezequiel. “¿Y cómo está?”- le pregunté. “Parece que bien. Tiene dos hijas más, una mujer y está viviendo en la casa de su abuela”.
Pensé que tal vez era una buena excusa para regresar al hogar, a ver el garaje donde dormía ese Valiant gigante que José manejaba cuando visitábamos los boliches del pueblo más próximo. O respirar –simplemente eso- el olor de casa inconfundible de nuestra adolescencia. Porque las casas también tienen olores.
“Dame tu mail”- leí en el visor de mi teléfono celular. Decidí llamar porque no registraba el número.
“En la Casa de Gobierno pasan cosas raras. Engordan facturas y contratan a gente para pagarles por día para hacer cosas que nosotros podríamos hacer”- me dijo José. Su voz no era la que esperaba. Se había quebrado una vez más por el alcohol y las ocho cervezas diarias que llegaba a tomarse en sus peores crisis.
Mi segundo encuentro en esta reconciliación fue para invitarlo a una cena de fin de año en la que celebraríamos los 15 años de egresados del colegio secundario.
“Tengo que hacer un asado y trabajar. Si puedo, voy”- fue su excusa. Y fue una excusa tal vez empañada por el dolor y la vergüenza de sentirse un fraude para aquellos compañeros con los que mamó la vida más linda.
Lo intenté de nuevo. Y dio resultado esta vez. Recurrí al chat y encontré su nick, el mismo que usaba diez años atrás.

- ¿Me vas a contar lo que pasa en Casa de Gobierno?- le pregunté.
- ¿Cómo andás? Es largo, pero están haciendo cualquier cosa y lo dejamos para más adelante. Ahora me tengo que ir a dormir porque la pastillita me mata.
- ¿Pastillita?
- Sí.
- ¿Pero de qué?
- Por el chupi. Me lo recomendó el médico. Estuve internado en Vivir Vivir. Estoy tratando de zafar.

No se me cayeron lágrimas con la muerte de mi padre –y eso es algo que aún me reprocho- pero aquí quise llorar desconsoladamente y expulsar mi dolor si es, como dicen que el llanto es capaz de ahogar las penas. Como sintiéndome culpable de que José no sea hoy la persona que imaginaba. Y no es que sienta que me haya defraudado. José pudo ser demasiado grande sin tener que beber.

- ¿Cómo estás ahora?
- Ahí voy. Pero todo cuesta.
- ¿Por qué no nos hablamos más? Sabés las ganas que tenía de darte un abrazo. ¿Qué pasó en el medio que nos alejamos?
- Yo también tenía ganas de saber de vos.

Acordamos un encuentro. José estaba arreglando una mesa mientras sus niños correteaban por el patio de su casa y su mujer lavaba la ropa sucia. Hablamos mucho, casi dos horas, menos de su problema y su lucha. Y quedamos en volver a vernos.
A la semana y después de enviarle un mensaje de texto para interiorizarme de su estado, lo vi conectado.

“¿Cómo vas ahora?”- le pregunté de nuevo por chat.
- Maso...
- ¿Recaída?
- Sí. Ayer y hoy.

- ¿Cuántas tomaste?
- Cinco cervezas.

Sentí ganas de llorar de nuevo. No sé por qué. Pero el corazón volvió a golpearme el pecho y mis ojos a humedecerse suavemente. Una vez más. Como si la maldición también quisiera volver a separarnos. Justo ahora.






martes, abril 17, 2007

El diario diario

Mundo fantástico real (Parte IV)

Holanda. Lo dijo el Chango Rodríguez: “De nuevo estoy de vuelta/después de larga ausencia/igual que la calandria/que asota el vendaval”... Si extrañaban esta sección, hay cada vez más y más historias para contar del mundo fantástico real.

Con Fackiu, un ex tensita talentoso devenido en mediocampista de fútbol en el torneo de profesionales del medio, dialogábamos días atrás de la atmósfera que respirábamos a diario, de ese escenario tan bello que es la redacción en el centro de la ciudad, compuesto y nutrido de especimenes ideales para contar historias y vestir sitios como este. ¿Quién de todos nuestros compañeros de ruta puede encasillarse como ser humano respetable o, al menos como ser humano normal?... Ummm.... “Sí, tal vez Carlos Martín sea uno de ellos, pero todos tenemos algo” dijimos. Pues entonces iré desmenuzando -a mi modesto modo de ver las cosas- qué es lo que cada uno de nosotros llevamos dentro en esta hermosa profesión que hace nuestra vida un poco más divertida.
Es que, francamente, sólo hay que ver para creer; hay que sentir para contar y hay que oler, para opinar. Como aficionado gourmet que me considero (sin falsas modestias y con el máximo de los respetos a los verdaderos gurús del arte culinario) soy capaz de captar el gran abanico de olores que nos depara el ambiente en el que vivimos la mayor parte de nuestras vidas, miserables o no.Y cada uno de esos olores son propiedades exclusivas de los habitantes del espacio terrenal que frecuentamos. Así es posible determinar casi con exactitud quién es el mal nacido que defeca en tandas (sí, casos únicos si los hay) cada vez que sus genitales cuelgan en esa redondez de cerámica blanca.
Me confesó abiertamente cuál era el propósito de dicha práctica. Y utilizaré sus propias palabras para poner en situación al lector y acercarlo a la realidad. “Yo soy capaz de cagar media hora. Y tardo mucho porque cada torta mía es muy grande. Cuando largo la primera, tiro la cadena para que no se junte con la otra y para que la mierda no se impregne en la ropa. Ese es un olor insoportable que no se va con nada, entonces esa es una manera de evitar que te pase”.
Nos preguntamos, porque irremediablemente el tema lo amerita, si el muchacho tiene el tiempo y espacio suficientes para poner en práctica ese ejercicio en su casa. De acuerdo a los cálculos matemáticos, imaginamos que un ser humano normal (normal he puesto) desecha entre kilo y kilo doscientos a diario de su materia olorosa. Y, nutriéndonos de su testimonio (“yo cago como dos kilos cada vez que voy al baño), arribamos a una conclusión: aprovecha el escenario ajeno para hacer lo que en casa le está terminantemente prohibido. El personaje en cuestión –no a quien me dirigiré en esta narración- es Gargamel, un comodín maleducado capaz de limpiar los pisos y baños, atender los reclamos de la gente, darles la bienvenida al edificio a los ocasionales artistas, deportistas, dirigentes políticos y personalidades buscafama en las hojas de un diario, hasta tripular el auto del medio para acercar a los periodistas al lugar de los episodios cuando la situación lo requiere. Ha hecho muy buenas migas con Ramón Muñoz, el hombre al que me tomaré el atrevimiento de describir.

Ramón es fotógrafo. Un muy buen fotógrafo con media centena de años vividas. Cuyano por naturaleza, transitó los mejores burdeles de Buenos Aires en su juventud, cuando el hippismo parecía conquistar el mundo.
Escondido detrás de una barba y el cabello hasta la cintura (un target claramente socialista) se hizo camino al andar. Fabricó zapatos con paraguayos, fue asistente de sonido de Valeria Lynch, trabajó en un frigorífico y llegó a La Pampa como empleado de la construcción. Estudió en la universidad del paso a paso, donde no hay profesores licenciados y sí maestros. Menos de ginecología (aunque tiene un ojo clínico para diferenciar las dimensiones del órgano genital femenino y los recorridos necesarios para cubrirlos), Muñoz entiende de todos y cada uno de los oficios. Para cada problema tiene una solución –práctica o no- a mano. Y también estudió fotografía, el oficio que más y mejor le cabe. Por esas cosas del destino, la vida lo metió en el veraz, ese aparato reproductor de mala vida. Pero si algo envidiable tiene Muñoz es que nada de las cuestiones institucionales parece importarle.
“Si me siguen rompiendo las bolas, voy a mandar CD”, repite. La C representa la inicial de Carta y la D de Documento. Es una frase que nunca se ha transportado por el camino de la realidad, al menos por ahora.
Muñoz es un personaje que ha logrado, en su breve estada entre nosotros, un reconocimiento por su ocurrencia, su buen humor y su gran capacidad de captar imágenes que luego poblarán páginas blanco y negro y color de las ediciones de papel. El hombre es tan cómico que es capaz de arrancar una sonrisa con sólo nombrarlo o tipiarlo en un teclado. Está cargado de historias de vida. Como buen cuyano que es, entiende de vinos y viñedos. Y sueña con tener su finca propia. Pero claro, no hace nada para llamar a la mala suerte y ella se empeña en golpearle la puerta cada vez que puede.
Poco tiempo atrás, en este año 2.007, estuvo a un pestañeo de cerrar el negocio de su vida, para adquirir una hectárea y sembrar las futuras viñas, en la prolífica zona de La Gloria. A punto de cerrar el acuerdo en $ 1.000 para adquirir la tierra y en el mismo instante de poner su firma en el boleto de compra venta, Muñoz recibió otro cachetazo. Uno de los hijos del propietario de la tierra, le dijo de qué manera iba a abonar los “10.000 pesos acordados”. Muñoz creyó que tenía auriculares y le exigió al vástago que reiterara su pregunta.
“El precio de la hectárea es de $ 10.000 pesos, ¿Cómo lo vas a pagar?”. A Muñoz se le cerró el telón y la heladera y el piano le cayó en la cabeza. Había recibido, por un mal entendido (otro más) un nuevo cachetazo a la ilusión. Pero jamás baja sus brazos.

Emprendedor como pocos, aprendió el oficio de sacarle el jugo a sus trabajos portando una cámara de fotos tradicional o digital. Así, acordó un vínculo para proveer a la Municipalidad de Santa Rosa de imágenes en su tiempo fuera de las responsabilidades laborales de la empresa a la que representa. Vive como puede y se empeña en encontrar una cuna para que sus billetes se reproduzcan.
Sus eructos son Made in Muñoz y resuenan como coro de demonios (no de ángeles) cada vez que los suelta. Es, además, una máquina de contar historias verídicas.

Tuvo y adiestró en su casa, a una nutria a la que adoptó como mascota. El pequeño animal se había convertido en la alegría del hogar hasta que fue raptado por los malvivientes de sus vecinos.
Después de un trabajo de inteligencia arduo, arribó a un dato: su nutria fue robada y el autor fue el dueño de un pequeño fox terrier que milagrosamente salvó su vida cuando Muñoz lo atacó ferozmente con su 4x4.

Luego adquirió otro pequeño animal de raza. Esta vez, un hermoso perro digno de ser acariciado y fotografiado. Muñoz, nuevamente, sintió que el azar pasaba lejos de su casa cuando manos ajenas se lo apropiaron. Removió cielo y tierra, acercó sus contactos como fotógrafo de un medio periodístico a la policía para que se inicie un expediente y se investigue a los vecinos. Finalmente, dio con su mascota, a la que hoy disfruta.
En un vecindario en donde todos acuerdan compartir el canal de cable y reducir el consumo de energía con martingalas que aún funcionan, Ramón parece haber sacado chapa de “respetable ciudadano”. Y el “respetable” obedece a su condición de “hombre guapo dispuesto a pagar con la misma moneda” cada vez que se sienta herido.
Muñoz es, cuando quiere, un hombre responsable. Cumple su media jornada especial (porque en el medio al que pertenecemos todo parece ser especial) con equilibrio; no suele poner escollos ni excusas si tiene que cumplir funciones en ausencia de sus compañeros de sección y siempre está dispuesto al compañerismo en las decisiones de los trabajadores en contra de la patronal.
Se jacta de ser un buen cocinero (lo que he podido comprobar, hasta ahora, es que sólo es un buen asador) y su pico se endulza cuando besa un par de vasos de vino. En ocasiones suele “irse al carajo” cuando de esfumarse se trata. Si alguien quiere dar con él, preferiblemente deberá hacerlo telefónica o personalmente, pues posee al menos diez correos electrónicos. El problema es que ni el mismo Muñoz recuerda en qué servidores obtuvo sus cuentas.
Reniega cada mes por su salario (“me volvieron a cagar”) y pide a gritos ser un empleado a jornada completa siempre y cuando no se encuentre con el cofre de oro con el que aún sueña. Como si fuera un pirata del Caribe, pero en la llanura. Porque, está escrito, la vida de Ramón Muñoz sigue siendo un sueño con demasiadas pesadillas.
Hasta un nuevo envío!


Johnny

jueves, marzo 29, 2007

Cuento


Esa mujer


El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
­¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
­¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
­...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
­¿Se impresionaron?
­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
­¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
­¿Enciendo?
­No.
­Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.



"Esa mujer" fue publicado en "Los oficios terrestres", Ediciones De la Flor, 1986. © Herederos de Rodolfo Walsh. Fue elegido el mejor cuento argentino del Siglo XX.

viernes, marzo 16, 2007

Poema

¿?

Por qué volaste sin decir hola, menos una vez más?
Por qué la mierda es mierda cuando tu voz apenas es memoria?
Por qué el mundo se detiene tan rápidamente?
Por qué, viejo?
Dale! Hablame de nuevo!
Tengo más preguntas que hacerte.

Silamim

Poema


Gotas

Me llueve el alma
con gotas secas y lágrimas dulces
sin importar el tiempo
que pasa y se queda,
que parece quedarse
y de pronto marcharse
en el instante en que los ojos se apagan de nuevo.

Cuando la luz vuelve
me llueve el alma,
otra vez,
con gotas secas exprimidas
sin importar el tiempo.
Aunque cada minuto es oro
sin tu presencia.
Oh, padre mío!
dónde estás cuando más te necesito?

Mientras y
o
gen te tus huesos,
espero aquí,
solitariamente,
en un horizonte incierto
para romper ese silencio profundo
del llanto mudo.

Silamim

viernes, marzo 09, 2007

Texto


JULIO DOMINGUEZ

“Volveré, volveré, siempre a cantar”

Murió El Bardino. El cantor y poeta, el autor de Milonga Baya, tal vez una de las obras cumbres del cancionero popular pampeano. Nos atrevimos a repasar un encuentro y una historia personal a modo de respeto del hombre que decidió esperar a la muerte para ponerle punto final a su destino en la tierra, cargado de soledad hasta los últimos días.


No me gusta escribir en primera persona, sobre todo en notas periodísticas. Es un recurso exclusivo –según mi propio pensamiento- para escritores de relatos, novelas o poesías. Detesto hacerlo porque, creo, las palabras deben conectar al hecho/personaje/situación con el lector. Los que tipiamos apenas somos conectores entre las partes.

Pero en esta oportunidad me tomaré el atrevimiento y romperé, por unos instantes, ese preconcepto tan personal que tengo a la hora de escribir. En esta oportunidad hablaré, con las palabras, de Julio Domínguez, El Bardino, un personaje que reflejó como pocos en su paso de golondrina por la tierra, el olor de la jarilla en sus poemas, el gusto de la tierra más plana que pueda encontrarse y el color de las bardas con sus imágenes grabadas en lo que consideró su módulo inspirador para semejantes cosas: el oeste provincial.
No buscaré un homenaje barato en este fragmento, ahora muerto el poeta, pero sí relatar algunas experiencias personales –con el respeto de aquellos que lo conocieron en profundidad y sin invadir el terreno de su intimidad- con un hombre envuelto en misterio, triste por dentro, serio por fuera.
El Bardino había nacido en el Lote 15 debajo de un aguaribay, cerca de Algarrobo del Aguila, el 20 de diciembre de 1933 y llegó hasta los primeros días de febrero de 2007, cuando la percusión de su pecho hizo silencio para siempre.
Julio me conocía cuando usaba pañales de tela, de los de antes, y mi madre me tenía en brazos en La Rural. Me transporto en el tiempo y los deposito a mediados de los años setenta. Por esos años, El Bardino, ya escribía algunas cosas, después de que en el 62 y como mozo del club Santa Rosa, atendiera a los peso pesados de la poesía pampeana que empezaba a gestarse en ese momento y que tenía a Edgar Morisoli como principal referente. Mi abuelo, Omar Cantero, encontró en Domínguez a una persona responsable, trabajadora, emprendedora, al punto tal que le había delegado la delicada tarea de administrar la plata (antes el dinero se manejaba con fichas de nácar). Con sus ahorros cumpliendo funciones vestido de blanco y moño negro, compró su primera máquina de escribir.
La anécdota inicial y risueña que me viene a la mente y de la que había escuchado cuando había cambiado los pañales por calzoncillos y andaba tras los pantalones de mi abuelo con hermosos mocasines marrones (aún conservo el izquierdo), era que además de escribir al Bardino le gustaba mucho el vino. Cuando podía empinaba un vasito y calmaba su sed. Pero una noche –que luego él trató de definir como “cansancio extremo”- las copas se reprodujeron y quedó dormido, pesadamente, encima de los manteles viejos.
Su historia con la bandeja de acero comenzó en Buenos Aires, cuando en su juventud llegó a ser oficial de Penitenciaría primero, peón en una obra después y finalmente mozo. Me contó que, en ese tiempo y en un reemplazo, atendió a Juan Domingo Perón quien le preguntó cómo lo estaban tratando. Recordó luego que al General le gustaba el Café Bonafide Franja Blanca.
De regreso a casa empezó a encontrar a la más diversa variedad de gentes. Y paraba la oreja mientras podía, para después trasladar a la hoja esa experiencia en décimas y versos con un estilo bien autóctono. Nadie entiende de dónde, pero hizo de sus encuentros y vivencias, un modo de disparar las cosas. No hace falta, está claro, cargar con el título universitario debajo del brazo para escribir siempre y cuándo las letras conmuevan. Y las letras del Bardino conmueven a cualquiera.

El viaje

Otro aspecto que me llenó el alma hasta empacharme fue el viaje que hicimos al oeste, ahí donde nació todo. Pero tuve que apelar al ingenio y los recuerdos para convencerlo de realizar ese viaje para una entrevista.

- ¿Cuánto hay?- me preguntó.
- ¿Cuánto hay de qué Julio?
- Porque vos viste lo que soy yo... para hacer un trabajo como éste, creo que merecería unos pesos...- Noooo... Bardino, nosotros hacemos esto a manera de homenaje a uno de los poetas más importantes que tiene la provincia. Además, usted trabajó con mi abuelo, conoce a mi madre, a mi me conoce de chiquito...
- Bueno, en ese caso sí. Lo hago porque sos vos.
Después de arreglar con palabras y no con dinero el viaje de 400 kilómetros, subimos a la Gladiator en pleno invierno de 2.005 y empezamos a escuchar las más increíbles historias y dichos de boca de Julio Domínguez.
Dijo que los “Dioses del camino” estaban con nosotros porque, a pesar del frío que entraba en la camioneta desde todos los costados, no había lluvia ni amenaza de tormenta.
La salud del Bardino estaba desmejorada desde hacía tiempo. Yo sabía que solo se internaba en el Hospital para desintoxicarse, que su páncreas no funcionaba bien y que el doctor le había aconsejado cuidado absoluto en las comidas y, sobre todo, en las bebidas.
De repente empezó a toser de manera ininterrumpida y, como remedio, compramos unas pastillas de miel. El conductor/fotógrafo le recomendó, ante cada amenaza de esa persistente tos: “Cómase otra, Bardino!”.
En el viaje de ida saqué buena parte de la entrevista en la que habló de la historia de Milonga Baya, del encuentro de su padre con Bairoletto (él lo escribió así en la milonga), de la relación con su hijo Juan Bautista, de los amores platónicos, de la soledad y el destino.
En la soledad de su casa (cualquiera fuere el domicilio) en el último tiempo solía dejar la máquina de escribir en el centro del comedor y atender a los visitantes desnudo. Había construido esa imagen, cuando ya los hombres pueden decir que la vida quedó atrás y sienten que por derecho propio pueden hacer lo que les venga en gana.
A esa soledad llegó a describirla como “un bosque lleno de animales” que hay que saber atravesar. Acaso nunca llegó a atravesarlo porque desde los cinco años caminó solo por el mundo y se fue solo de este mundo.
“Sé que estoy en el tramo final y mi muerte va a ser una muerte buena”, me había dicho antes de hablar del destino.
“Estoy aquí por el destino y nada más. Si volviera a nacer, sería lo mismo. Pero creo que todo se acaba acá nomás, el destino es nacer y morir. Punto”.
Me quedó siempre la impresión de que cada frase de Julio Domínguez era la frase de un filósofo empírico. Tal vez en la soledad encontraba a su musa, nadie podrá saberlo.
Su tos no paró hasta cruzar el Salado, con el cerro nevado de fondo (una foto impagable para estas geografía tan chata en altura). El olor a barda, los cardos rusos y las figuras de los habitantes de Santa Isabel, funcionaron como un remedio alquímico para la salud del poeta, emponchado con una campera de unos cuantos años y esa bufanda roja, tan personal como identificatoria. Era parte de su historia viva, ni más ni menos.
“Las bardas tienen propiedades”, me dijo. Y mientras monologaba en silencio, decía: “Este tipo está de la cabeza, pero es cierto. Dejó de toser justo cuando llegamos a su tierra”.
Antes de ir al Lote 15, cumplimos su pedido. Quiso parar para ver a su hermano postrado en una cama en Santa Isabel. “Ven, por esto hablo del destino. Hacía mucho tiempo que no venía por el oeste y ustedes me proponen venir. Mi hermano no la está pasando bien y tal vez esta sea la última vez que lo vea”, dijo. Créase o no, fue la visita del adiós porque a la semana Julio Domínguez había perdido parte de su alma con la partida de su hermano.
De paso por Algarrobo del Aguila paramos por el único algarrobo –o apenas sus arrugas a decir verdad- del pueblo, frente a un pedazo de comisaría. Y El Bardino largó otra historia, como una máquina de decir cosas interesantes capaces de llenar cuadernos enteros con relatos verídicos teñidos de magia e intriga.
“Unos dicen que ahí descansó el último señuelo de la guerra del desierto; otros que se paró un águila ciego y que como no pudo rumbear, murió en el árbol. Alguna de esas historias será cierta”-recordó para definir el origen del nombre de la localidad.

La muerte

Preparó desde siempre su viaje al paraíso, donde el sol del mediodía no quema y las noches de luna llena invitan a volar desnudos con un teatro a telón cerrado.
Lo contó en décima, en Milonga Baya:

“Por nada se extrañe mañana
en este lugar
no se escuche mi cantar
de jagüelero bardino,
me irá llevando el camino
por algún pago lejano
y al decir adiós paisano
cuando este cantor se vaya
tal vez en Milonga Baya
me recuerden los pampeanos”.

Lo dijo en La Chilquita

“Volveré, volveré
al Oeste a cantar,
y sobre los caminos
mi acento bardino tal vez quedará;
como una cruz al poniente
mi pampa caliente lo recordará”.

“A la muerte no hay que buscarla, hay que dejar que venga sola. Yo no pienso ir a buscarla, para nada. Y si viene, sé que será una muerte buena”, repitió.
Debo confesar que cuando El Bardino desenfundó su guitarra en Atuel Có, la estancia donde nació campo adentro y ahora atendida por los Sánchez, se me puso la piel de gallina.
“A ver vos, que estudiaste con el Sapo Santajuliana, afinámela” me dijo, desafiante. No quise interrumpir, mucho menos bordonear su guitarrita porque lo consideraba una falta de respeto.
El Bardino tocó, entonces, una zamba y la Milonga Baya a su estilo, maltratando a las cuerdas. Pero que no se malentienda, así fue siempre.

“Si escuchan desafinar
de noche en Santa Isabel
tiré mis penas al río
que se las lleve el Atuel”.

Entre Bardinos es un reconocimiento de sus límites. Sabía cuál era su techo, pero siempre usó el camuflaje como elemento de equilibrio entre lo bueno y lo malo. Lo del Barino en vida era made in Bardino, ni más ni menos.
Después de las fotos y de vuelta a casa, las sombras de los caldenes empezaban a esfumarse. Las historias seguían (cuando pasamos por El Destino recordó: “Al Turco, el mismo del dicho popular ¿qué sabés de la muerte del Turco?, no lo mató Bairoletto, lo mató un indio que había trabajado en el boliche por venganza, porque el dueño no le quiso pagar”) y las propiedades de las bardas se habían despedido en Santa Isabel. Y otra vez la tos que persiguió al hombre por 200 kilómetros hasta Santa Rosa. No había más pastillas y sí, mucho de pedirle al cielo para que Julio no se descompensara en medio del camino.
Entendí, más tarde, que era un tipo con buen corazón, capaz de hacer semejante esfuerzo en un viaje de novela. Tal vez me devolvió parte de la gratitud que durante años le dio mi abuelo, el que le permitió comprar su primera máquina de escribir. Tal vez el destino quiso que El Bardino me contara parte de su historia con el arpa de fondo, en plena escalada a la cima. No lo sé. Ni aún hoy.
Sus regresos al hospital primero, al geriátrico después y finalmente su descanso en esa cuna con tapa, fueron cachetazos invisibles, de esos que los médicos suelen dar para reanimar a las personas.
Lo acompañé cuando sus verdaderos seres queridos (hermanos y cantores) entonaron a capella Milonga Baya en ese rincón al que todos llegaremos alguna vez, donde se respira dolor y donde el suelo se inunda en cuestión de segundos.
Le dije chau y me mordí los labios mientras Armando Inchaurraga levantaba una estúpida bandera de cultura en lugar de arrodillarse ante la ausencia bardina en el Cementerio Parque.
Me dio pena. Y no me avergüenza decirlo. Me dio pena por él, porque ya nadie podrá hablar en presente del Bardino y los porrazos en su bicicleta, su bufanda roja, sus canas ocultas y su misterio. Me dio pena el olvido, porque en definitiva El Bardino fue parte de nuestra historia.
Quizá ahora comencemos a comprender el poder de su palabra para sentirnos un poco más pampeanos. ¿Quién sabe? En todo caso el destino del que tanto habló nos pueda responder a cada uno de nosotros.

JMS


www.revistaelfisgon.blogspot.com






viernes, febrero 09, 2007

Poema

Father and son

Dos piezas genéticas se unen
en el océano blanco,
mezclado y revuelto,
con hipocampos conducidos por impulso propio.
Es el ocaso mismo,
el que se da la mano con el alba;
Es la tierra,
de día y de noche.
Es el deshielo,
que se vuelve témpano
en el medio del bosque helado.
Será el césped,
que ya es,
y que mañana volverá a crecer
tal vez,
en la solitaria campiña
cuando la luna quede triste
y alumbre sin sombra.

Silamim