jueves, junio 12, 2008
MAGNA JAZZ III
C.A.S. aportó mucha seriedad y momentos de emotividad, Lo Vuolo conquistó al público en el cierre de su set y Ramiro Flores lideró una formación con un enorme camino por delante.
Pasó la tercera edición de Magna Jazz el sábado en el Aula Magna de la Universidad, pero la música no pasa, aún permanece en el aire y en los oídos de los espectadores que asistieron a esa noche.
La apuesta, desde la Secretaría de Cultura y Extensión Universitaria de la UNLPam en conjunto con un grupo de productores locales y el sostén de cultura del municipio y el gobierno de La Pampa, demás instituciones oficiales y privadas, mantuvo el estilo y el nivel de las anteriores. Acaso fue la más dinámica de las tres y la más variada en cuanto a las propuestas musicales de un género que, aún en esta ciudad, mantiene un lugar muy reservado.
Conservando el concepto estético -una marca de las anteriores ediciones- y con una ambientación muy cuidada del hall y el escenario a cargo de Antonia Sapegno, el concierto comenzó con la actuación de los santarroseños de C.A.S. José Jerónimo, acaso uno de los profesionales más prestigiosos del medio, generó un clima de calidez muy oportuna para sostener la balada del comienzo del show, “So sorry for your love” interpretada a dúo por María Emilia Sapegno y Camilo Camiletti.
Lo que vino después fue la confirmación de una formación que, con respeto por el sonido original de las canciones, los sutiles arreglos de Manuel Gerez y la constante búsqueda, se ha ganado por derecho propio un lugar en el reconocimiento doméstico del género. C.A.S., a esta altura, merece ya una oportunidad en la escena en donde se cocina el jazz argentino de estos días. Buenos Aires no debería ser una barrera para el quinteto de músicos pampeanos.
El segundo número de los tres previstos lo tuvo al pianista santafesino Francisco Lo Vuolo como protagonista. El visitante, por primera vez en Santa Rosa, deslumbró al público por el virtuosismo con el que encaró su set. En versión de trío, con Jerónimo Carmona en contrabajo y Eloy Michelini en batería, Lo Vuolo repasó un repertorio de jazz contemporáneo y moderno, interpretando standards que arrancaron muchos aplausos del público.
Lo asombroso de Lo Vuolo fue la manera en que ejecutó el instrumento, su capacidad de fraseo y la impresionante velocidad para generar un clima que mereció un regreso por la aclamación del público presente.
Tras un intermedio en donde la gente compartió la degustación de vinos Cafayate de La Bodega en la galería que presentó la muestra el peso del color, la materia y la conciencia del plástico santarroseño Mario Barrera, subió al escenario Ramiro Flores, quien clausuró la tercera edición de Magna Jazz.
Flores, quien desembarcó por segunda vez en Santa Rosa (el año pasado había acompañado como sesionista a la orquesta de Mariano Otero), presentó su disco solista “Flores”. Se mantuvieron Carmona y Michelini en el escenario, además de Hernán Jacinto en teclados y Juan Canosa en trombón.
El saxofonista y compositor, quien es uno de los más activos músicos en la escena de Buenos Aires, lideró a una formación que generó los mejores climas a partir de la exquisitez de Michelini y la soberbia para sostener cada canción de Carmona.
Flores, con un enorme curriculum sobre sus espaldas, hasta se atrevió a cantar “Barcos” y se hizo dueño del escenario. El pico más alto fue “Zap”, un tema en donde emula por momentos el sonido de John Coltrane en el genial disco Kind of Blue. Los solos de Carmona, Jacinto, Canosa y el propio Flores, fueron largamente reconocidos por el público que disfrutó de la propuesta en poco más de dos horas y media. Un estado de jazz que resuena en los oídos de quienes participaron de una noche diferente en donde navegaron la calidad, el virtuosismo y el sonido juvenil que aún perdura.
miércoles, junio 11, 2008
domingo, junio 08, 2008
Música
Gracias infinitas a los que fueron. Una palabra bastará para sanar la amargura efímera de que muchos no lo disfrutaron. Si gustó y fuiste, está fantástico. Es el mejor remedio.
miércoles, mayo 07, 2008
jueves, abril 17, 2008
Cuento
Leandro miró hacia abajo y estaba él. Recostado. Sangrando. Muerto de frío. Con los labios violetas y tembloroso.
- ¡Levantate por favor!
- ¡Maaaaaaaami!
Para subir la colina había que tener piernas de ciclista y pulmones de maratonista. Leandro tenía ambos atributos que le había dado la naturaleza. Lo único que hacía era cortar los leños a diario, arrear los animales y despostar las vacas las madrugadas de los primeros lunes de cada mes para ser repartidas en el pueblo.
María Paula ordeñaba las vacas. Sacaba la leche y la depositaba en los recipientes de metal de 200 litros. Además recolectaba los huevos que las ponedoras dejaban distribuidos en la pequeña parcela, al pie de la montaña y junto al río. Pero siempre en una zona delimitada por alambradas. Los perros, amaestrados de pequeños, alertaban sobre las posibles huidas de las gallinas, las vacas y los caballos de Leandro.La casa, modesta, hecha de roble canadiense, se parecía a las de las películas que narran historias con lagos como fotografías extraordinarias.
Se trataba de ilustrar un escenario natural y la vida que hay en él. Porque allí también respiran los animales y los seres humanos, muchas veces analfabetos, pero sobrevivientes de la naturaleza en un hábitat alejado de las confortables casas de millones de dólares y el glamour de los autos japoneses, las camisas italianas y los perfumes franceses.
María Paula tenía ojos verdes. Dos trenzas rubias que caían sobre sus pechos, hasta la altura de los codos. Unas piernas largas pero fibrosas, como la de las gimnastas, y un trasero envidiable para cualquier chica de ciudad. Figuras como esas, capaces de modelar para Galeano, se conseguían también en los campos.
Julián llegaba dos veces por semana a la granja a recoger la cosecha de la familia Etcheverry. En ocasiones, cuando Leandro salía a la montaña con sus perros como compañeros para mantener unido al rebaño, dejaba sola a María Paula para realizarle la entrega a Julián, un apuesto veinteañero de porte grande, morocho y con cabello despeinado hasta los hombros.
- ¿Puedo servirte un té? –le ofreció María Paula.
- Estaría bien. Pero tengo cinco minutos. Me quedan cinco granjas más para cubrir.
María Paula sabía que Leandro no volvería hasta entrada la tarde. Julián llegaba tres veces a la semana, en una de ellas, quedaba a solas con María Paula. Es que Leandro salía a hacer el recorrido junto a las ovejas, temprano. Podía demorar hasta cinco o seis horas en regresar. Uno de esos días no se topaba con Julián. Leandro era tan obsesivo y meticuloso que su cabeza funcionaba como una perfecta computadora.
Era mayo de 1985 cuando una tormenta huracanada terminó con todo. Cereales perdidos por el granizo, un galpón donde guardaba sus herramientas, las sillas de los caballos, su camioneta y el pequeño tractor destrozado. La casa soportó casi estoicamente, pues la construcción era sólida, pero después perdió todo. Animales muertos, cerdillos duros como embalsamados, gallinas desplumadas y una docena de vacas muertas trágicamente con hierros incrustados en sus cuerpos. Unas cincuenta –y el par de caballos- habían logrado sobrevivir.
Con ello se frustró un trozo grande de un sueño. Leandro quería comprar un lote lindante, tener más animales y expandirse, tener más riquezas para generar más riquezas. Construir una casa más confortable, de material, y poder gozar de un día de pesca a la semana. Cambiar su hábito.
Aunque, frustrado, lo intentó de nuevo. Compró algunas vacas más, cerdas y padrillos, ponedoras y algunas semillas.
Todo le había costado más que antes. Incluso comenzaron a aparecerle intensos dolores en sus hombros y en su pecho.
“Debe ser el esfuerzo” –monologaba en silencio, buscando excusas a una causa peligrosa. Mientras todo parecía encausarse, los dolores intensos recrudecieron. Estaba a mitad de la colina y había empezado a perder la memoria. No recordaba a qué hora había salido de la casa y para qué.
María Paula empezó a asustarse.
- ¿Cómo que no te acordás? Te fuiste con los perros a buscar las ovejas. Saliste hace siete horas.- ¡Siete horas! Lo dudo.
- Leo, ¿Qué te está pasando?
- Me querés hacer pasar por loco. Pero estoy más cuerdo que vos y toda tu puta familia. Todos esos gallegos de mierda que son incapaces de venir a ver si necesitamos algo.
- Pero Leo…
- … Leo nada. Tengo razón. Siempre tuve razón.
Bastaron dos segundos para verle la boca a Leandro, embadurnada de saliva, sus ojos con ramilletes rojos y las inmensas venas de su cuello forzando las palabras. No era el Leandro que Paula había conocido.
Mientras lo observaba, se secaba las lágrimas con las yemas de sus dedos índice y gordo y cerraba el puño izquierdo para correr esas lágrimas de sus ojos.
- ¿Y ahora por qué llorás?
- Es que nunca fuiste así…
- ¡Porque tengo razón! Vos querés hacerme pasar por un loco, por una bestia.
- Lo único que te pregunté fue por temor a que te pasara algo. Yo acá, esperando, sola…
- ¿Sola?
- Sí, sola.
- Me estás mintiendo. Sabés que no soy tonto. Hoy es día de recolección y Julián vino.Leandro lanzó una escena de celos sacada de otra historia. Y esta vez no fue por una copa de vino, directamente tomó la botella de la heladera, le sacó el corcho como si tirara de un hilo descosido para arrancarlo de una camiseta, y se la llevó a la boca. Tomó un trago, se secó con la palma abierta de su enorme mano izquierda los restos de vino que caían por la comisura, y bebió de nuevo.Paula empezó a asustarse más, sobre todo, porque temía que Leandro tuviese, de repente, una actitud violenta. Como nunca antes.
- ¿Qué mierda estás mirando?, ¿No puedo tomarme mi vino? Trabajo todo el día para sacar esta chacra adelante, quiero que todo sea como hace dos años…
- Está bien Leo. Pero te pido que te tranquilices. Esta violencia lo único que puede hacer es matarte lentamente.
Leo desabrochó su camisa tipo escocesa con cuadros rojos y negros. Debajo llevaba un camisolín blanco sudado por esas gotas de alcohol. Arrugó su boca y cerró sus ojos. El dolor intenso en el pecho había aparecido nuevamente. Se sentó para ahuyentar ese fantasma y abrió los brazos que cayeron como dos mancuernas de acero a los costados del sillón de cuero hasta dormirse profundamente.
María Paula le tendió una frazada de lana y fue a la cama. Leandro durmió profundamente.Al día siguiente salieron de compras a la ciudad como si el episodio hubiese sido parte de un sueño. Leandro se avergonzaba de lo ocurrido. Para tapar ese negro hueco, decidió comprarle flores en la esquina del cementerio del pueblo.
“Si me muero, no me traigas acá. Es un espanto este cementerio. Prefiero que me quemes y después me tires en la colina” –dijo Leo, entre risas y con buen humor.
“Vos no te vas a morir. Vamos a salir adelante. Vamos a volver a ser dos en uno mismo. Y tal vez más, y más…” –se ilusionó Paula.
De regreso a la casa, Leandro cocinó un pollo que había apartado antes de salir al pueblo. Lo mató sin piedad, como si se matara una mosca con esas paletas plásticas que se consiguen en las casas de baratijas. Sólo que Leandro tomó el cuello del ave y golpeó la cabeza en el borde de un ladrillo y luego la arrancó hasta desangrarse.
Luego de depositarlo en agua hirviendo para quitarle con más facilidad el plumaje, lo llevó al horno a 180 grados con unas papas, batatas y cebollas de la huerta.
María Paula dispuso los cubiertos, una pequeña de centro de mesa –porque el romanticismo no es sólo propiedad de los grandes restaurantes de las ciudades- y dejó la ventana abierta, desde donde podían contemplarse las estrellas y la luna que empezaba a llenarse.
“Mañana tengo que llevar a las ovejas. Esta noche quiero descansar bien porque tengo que clasificar los alimentos, las verduras, los huevos y los pollos, antes de salir con las ovejas” –dijo Leandro antes de irse a la cama.
El sol se confundía en el horizonte, en esa conjunción de rojos amarillos. Podía reflejarse en el lago, con la bruma montañosa y el aroma de las flores silvestres, perfumadoras naturales de la existencia. Era un buen día para llevar las ovejas a pastar. Sacarlas a campo abierto, que ejerciten sus músculos y se alimenten de la mejor hierva. Con ellas caminaría, como cada semana, durante horas, perdido en el monte, de a pie y paciente, hasta respetuoso de los tiempos del rebaño.
“Es hora de irme. No olvidés entregar la mercadería clasificada en los cajones”, le indicó Leandro a María Paula.
- Tengo algo que decirte.
- Ahora no, tengo todo listo para irme.
- Pero es importante y quiero que lo sepas.
- Luego, cuando regrese.
Leandro hablaba seco. Cuando se enfrascaba en su trabajo parecía ingresar en un mundo diferente, solo contra todo, con comportamientos egoístas, como envuelto en un traje de luchador que pretende una revancha y que, en sus sueños, se imagina vencedor. De ese modo es que pretendía rehacer su pequeño imperio luego del desastre, después del caos en el que había perdido casi todo su trabajo de años.
María Paula lo despidió como siempre. Lo miraba unos metros cuando su enorme figura empezaba a achicarse camino a la colina. Siempre repetía esa escena, como una marca inalterable. Pero en ese momento Paula sentía un vacío en su corazón, como un gran empacho o un dolor de cabeza que necesitaba de una aspirina. Su aspirina sólo consistía en la palabra y el testimonio, pero apenas encontró los oídos aturdidos y sordos de Leandro.
Paula quedó sola, una vez más. Fue hasta la granja a recolectar huevos, desparramar al voleo maíz para las gallinas y los chanchos. De pronto se adelantó Julián, con su camioneta repartidora con cúpula. Abrió la tranquera y la estacionó rompiendo la puntualidad inglesa que lo caracterizaba.
“Hola Julián. Te adelantaste una hora” –le hizo notar María.
- Sí. Es que desde esta semana surgieron dos nuevas chacras. Entonces tuve que armar un nuevo recorrido. ¿Estás triste?
- No. ¿Es que mi rostro refleja tristeza?
- No es que refleje tristeza. Pero sí amargura, es lo que transmite tu rostro, el de una mujer tan linda y pura que poco sabe de ingratitudes. Ante la primera señal, tu rostro te delata.
- Es que...
- … ya sé. Te preocupa Leandro.
- Claro... No sé cómo decirle.
Sorpresivamente Leandro apareció a buscar una medicina para algunas ovejas con problemas dermatológicos. En la cocina Julián acariciaba la panza de María Paula, parado a un costado de la mesada, cuando los perros salieron decididos al encuentro con Leandro.
“¡Hija de puta!” –le gritó. “Me rompo el lomo para sacar esto adelante, trabajo y vos me hacés esto”.
La puerta se cerró violentamente con el empujón de Leandro, fuera de si por completo. A Leandro empezó a dolerle como nunca el pecho. Pero agarró la botella de vino de la noche anterior, la partió contra la pared y con el filo le apuntó derecho al corazón de María Paula, quien se derrumbó de inmediato, apoyando primero sus rodillas y luego su pecho en el piso, como un árbol talado que cae en cámara lenta.
A Julián le apuntó con el rifle recortado. Le ató las manos, lo golpeó con la culata y lo llevó a la colina, cargado sobre su hombro con un viejo repasador como bozal.
Leandro se quejaba por los dolores. Pero su sed de venganza lo había obnubilado por completo.
Caminó una legua. El sol era tan fuerte que atravesaba con poder las nubes y castigaba sobre la espalda de Leandro, lanzado a su objetivo como un tren bala.
Lo bajó junto a una arboleda. Le quitó el repasador de la boca, pero no desató sus manos. Cuando Julián despertó encontró el ojo derecho de Leandro pestañando mientras lo posaba en la mira. El disparo sonó seco y el proyectil se hundió en el hombro izquierdo. Julián gritó tan fuerte que quedó afónico. Atinó a correr, barranca abajo, mientras Leandro recargaba -como un frío asesino- su escopeta.
Julián alcanzó a recorrer 30 metros hasta tropezarse con una piedra. Cayó desmayado. La sangre recorría la camisa blanca, agujereada por el balazo.
Leandro miró hacia abajo y estaba él. Recostado. Sangrando. Muerto de frío. Con los labios violetas y tembloroso.
- ¡Levantáte!
- ¡Maaaaami!
- ¿Qué hacías con mi mujer?
- ¡Maaaammi!
Leandro insistió. Una y otra vez. Y, con el poco aliento que le quedaba, Julián alcanzó a balbucear: “María Paula quería decirte que si era varón se llamaría Leandro...”.
Leandro se tomó el pecho por última vez. Caminó hasta el árbol. Se sentó y antes de apretar el gatillo con la escopeta en su frente, miró a sus ovejas.
jueves, abril 03, 2008
Me di el gusto
La nota completa en El Diario de La Pampa.
martes, abril 01, 2008
Ahora las poesías están en casa
Tuvo que esperar un rato largo Juan Carlos Bustriazo Ortiz para recuperar su obra, la que había pedido en los últimos días públicamente. Fue ayer, cerca de las 20 horas, cuando acompañado de su mujer, Lidia, y su abogado, Pedro Salas, salió de la escribanía de Yolanda Martínez, lugar elegido por Dora Battistón para desprenderse del poder que le había otorgado quince años atrás el poeta. “Yo les di la custodia porque estaba enfermo, por eso quise que ellos la cuidaran”, le había dicho Bustriazo a El Diario días atrás. “Pero ahora quiero que la señora Battistón me devuelva hasta la última hoja, ni un poema más, ni uno menos”, agregó.
Hoy Bustriazo tiene lo que le pertenece en sus manos. Sin custodias. Son escritos no encuadernados pero sí ordenados y discriminados cronológicamente, gracias a un trabajo que cumplió la profesora Battistón -acaso una de las personas que más comprenden y conocen la literatura de Bustriazo- mientras tuvo los poemas en su poder.
“Estoy feliz”, dijo entre emocionado y silencioso Bustriazo, cuando la escribana Martínez abrió las puertas para fotografiar el momento. “Demoramos un tiempo porque son muchas obras. Además, Juan Carlos, cuando se encontró con la primera poesía, ya se emocionó”, contó Salas.
Una recopilación de esos poemas escritos en treinta años iba a formar parte de una publicación próxima -que ya tiene editadas hasta las tapas- de cuatro libros. No se sabe qué ocurrirá ahora, cuando el dueño de la palabra tiene en sus manos un trozo de esa publicación.
Vestido impecablemente con una camisa anaranjada, el poeta de Elegías de la piedra que canta, Unca Bermeja, Poemas puelches y el Libro del Ghenpín (la última de las publicaciones) llegó a la escribanía a las 17:20 en compañía de su abogado y su mujer. Caminaba presuroso, ansioso por tener entre sus manos los poemas que, según se dice, podrían formar parte de 79 libros. La ceremonia de firmas y comprobación de la documentación se extendió por casi tres horas. Después Bustriazo, entre agotado y feliz, disfrutó del momento. Y se marchó agradecido.
lunes, febrero 11, 2008
opinión
Los años pasan, las instituciones quedan, ¡y los hombres también quedan! (cualquier semejanza con la política es pura coincidencia).
Estudiantes tuvo, en todos los años de básquetbol profesional (desde su participación en el TNA, donde llegó tras adquirir una plaza, hasta este presente en la tercera categoría del país), al mismo cuerpo dirigencial mutador de cargos detrás de un grupo de hombres que supieron ponerse la camiseta Celeste. No hubo, desde luego, lugar a nuevos conductores y sí muchas migas y reuniones vanidosas, como si ser parte de la cúpula de un club respondiese a un contrato de prestación permanente de servicios con el Estado provincial.
Este tipo de dirigencia, funcional al gobierno de turno, es la que trató -con muy poca fortuna- de sostener un equipo en el plano nacional. Es altamente probable que, en una encuesta de aficionados al deporte en Santa Rosa, el básquetbol ocupe un lugar secundario, y también es probable que jamás se hayan utilizado estrategias con el propósito de captar al público (no es necesario tener en la pared de una oficina un diploma de licenciatura en marketing para lograrlo, solamente organizar un proyecto serio y llevarlo a cabo).
El club atraviesa hoy por un momento crítico. Las categorías inferiores, imbatibles durante años en los torneos provinciales de la Federación Pampeana de Básquetbol, perdieron peso, juego y, sobre todo, diversión. Y eso obedece, pura y exclusivamente, a un espejo que muestra figuras difusas.
Se dice siempre que en la vida lo más difícil es ser coherente. Lo prueba la cúpula del club, a quien poco parece importarle si un chico come una manzana al mediodía, o si tiene gas en su casa para calentar agua para hervir fideos.
Guillermo Vilas cuenta siempre que consiguió ser uno de los mejores tenistas de la historia -además de gracias a su inconmensurable talento- porque su vida estaba planeada, dentro de una cancha o fuera de ella. No le fue mal. Pero ejemplos como el de Vilas no abundan.
En esta temporada, después de un frustrado intento por jugar el TNA (tal vez fue la única decisión acertada), un par de nombres jóvenes quedaron a cargo del equipo, los que con mucha voluntad triplican esfuerzos en medio de un desierto plagado de necesidades. Todo frente a la mirada de aquellos dirigentes de las buenas migas con el gobierno provincial que, durante los juegos de local, pasan sin pagar peaje e insultan hasta la afonía como si eso los hiciera más hinchas.
Con el propósito de “evitar” gastos “desmesurados”, envían una combi y al grupo de jugadores el mismo día del juego, con tique de regreso inmediatamente después del partido. No sea cosa que el jugador descanse una noche en un hotel, almuerce o cene.
Los protagonistas -jugadores y cuerpo técnico-, que no necesitan de yelmos para salir a la cancha, son los que sueñan con sacar la cara por el club. Con todo el peso psicológico de la situación que ello implica en cerebros juveniles y en caras donde el acné se instaló transitoriamente.
Queda la sensación en el aire de que las vacas gordas entraron en huelga de hambre hace rato. La gobierno-dependencia parece ser el fin último para hacer básquet y hoy, que el Estado decidió mirar para otro lado (lejos quedaron los tiempos del desembarco a la institución de “celebridades” como el de Patucho Alvarez), la dirigencia hace oídos sordos a la búsqueda de patrocinio privado para sostener un proyecto. Es falaz el concepto remachado hasta el hartazgo de que “nadie quiere poner un peso”. En todo caso habría que remitirse a la causa para entender la consecuencia.
La falta absoluta de respeto hacia las personas que representan a un club es alarmante. Cargar la mala campaña al mero resultadismo sería -sobre todo en esta temporada que transcurre- poco menos que descarado. La realidad, en esta versión de un equipo que se gana todo el respeto por derecho propio y porque el corazón de cada integrante del equipo es tan grande que una derrota siempre tendrá justificativos ajenos al juego mismo, debería analizarse desde otro costado.
Se bajaron del barco -por razones económicas- Mariano Tagliotti, Maxi Maneiro y Ramiro Díaz Cuello. “Si se quieren ir, tienen las puertas abiertas. Nosotros no les podemos pagar”, les dijeron los dirigentes. Una reflexión tan dura que podría emparentarse con la expulsión de los perros callejeros de un vecindario ajeno.
No existió desde la cúpula de la institución un razonamiento puertas adentro de lo que ocurría con el básquetbol en los últimos años. Y eso es lo que duele.
Los jugadores toman agua caliente de la canilla porque no hay dinero para el agua mineral. Los jugadores comen sándwichs, porque no hay dinero para cereales. Los jugadores piden dinero prestado, porque a fin de mes no cobran. Los jugadores salen a la cancha, pierden, pero no importa. Total son jóvenes y las malas experiencias se borran con nuevos desafíos. Pero ¿se borran fácilmente? Es una pregunta que difícilmente se realicen aquellos personajes que navegaron en mares de trueques. Pero hoy, como La Pampa, Estudiantes es un viejo mar donde navega el silencio. Y así raro es que la siembra tenga buenos rindes.
JMS
lunes, enero 21, 2008
Vals
VALS PRIMAVERAL
Quiero hacer de tu cielo mi cielo
las estrellas más bellas tocar
como dos golondrinas que un día
decidieron volar y volar
como dos golondrinas que un día
decidieron volar y volar
Mil jazmines y rosas tendrás
y angelitos, que te cuidarán
cuando baje del cielo la noche
para amarte una y cien veces más
cuando baje del cielo la noche
para amarte una y cien veces más
Pero ay... por este dolor
ay... no quiero sufrir
yo prefiero bajar los telones
callar este bombo
y en silencio dormir
yo prefiero bajar los telones
callar este bombo
y en silencio dormir
Una lluvia insistente dibujo
en mis solos instantes de amor
y no puedo abrazar las distancias
que agiganta esta nuestra pasión
y no puedo abrazar las distancias
que agiganta esta nuestra pasión
Si el camino se parte en caprichos
y el recuerdo nos hace extrañar
estaré aquí y seré tu consuelo
mi linda primavera ideal
estaré aquí y seré tu consuelo
mi linda primavera ideal
miércoles, diciembre 05, 2007
Poema
Hijo de algún confín de la llanura
Abierta, elemental, casi secreta,
Tiraba el firme lazo que sujeta
Al firme toro de cerviz oscura.
Se batió con el indio y con el godo,
Murió en reyertas de baraja y taba;
Dio su vida a la patria, que ignoraba,
Y así perdiendo, fue perdiendo todo.
Hoy es polvo de tiempo y de planeta;
Nombres no quedan, pero el nombre dura.
Fue tantos otros y hoy es una quieta
Pieza que mueve la literatura.
Fue el matrero, el sargento y la partida.
Fue el que cruzó la heroica cordillera.
Fue soldado de Urquiza o de Rivera,
Lo mismo da. Fue el que mató a Laprida.
Dios le quedaba lejos. Profesaron
La antigua fe del hierro y del coraje,
Que no consiente súplicas ni gaje.
Por esa fe murieron y mataron.
En los azares de la montonera
Murió por el color de una divisa;
Fue el que no pidió nada, ni siquiera
La gloria, que es estrépito y ceniza.
Fue el hombre gris que, oscuro en la pausada
Penumbra del galpón, sueña y matea,
Mientras en el oriente ya clarea
La luz de la desierta madrugada.
Nunca dijo: soy gaucho. Fue su suerte
No imaginar la suerte de los otros.
No menos ignorante que nosotros,
No menos solitario, entró en la muerte.
Jorge Luis Borges
jueves, octubre 25, 2007
Cuento
Mensajes en un nido
Manny era una hermosa golondrina. Resplandeciente. Llena de vida, de música. Sus gritos eran una invitación al paraíso. Estaba llena de paz. Volaba como en los documentales de National Geographic y su rostro se iluminaba cuando se posaba sobre los arbustos. La recuperación de energías apenas le demandaba minutos porque quería, otra vez, zigzaguear entre las nubes y encontrar al sol, alimentarse al vuelo y planear, una y otra vez.
Jaime era un rústico hornero. Daba la imagen de parco, solitario. Pero tenía sus tiempos y era capaz de ganarse el respeto de todos cuando armaba su nido. Lo hacía con tal delicadeza como el mejor arquitecto.
Así trataba de fortalecer su unión, de terminar de realizar sus sueños y encontrar la felicidad.
Manny decidió volar e imaginarse debajo del cielo más grande, lejos del bosque que frecuentaba en los últimos meses.
Era feliz de a ratos, quería serlo plenamente. Nadie la veneraba, no sentía que fuera digna de un amor profundo, aunque se esmeraba con cuestiones de coquetería, siempre sentía que la soledad la atraparía al final de su camino.
Se había apartado del resto, Otto, Brian y JP, eran apenas imágenes de una foto que comenzaba a ponerse amarilla. No cuadraban con sus intenciones, pues Manny pretendía amor en flores, en versos, en caricias y de una manera pomposa, pero a la vez simple.
Mientras los pimpollos asomaban su cabeza y las hojas vestían a los árboles en medio de la llanura, decidió elogiar la construcción del nido de Jaime. Y dejó un recado:
"Eres muy bueno en lo que haces. Me encanta el trabajo final que has hecho con el nido", escribió Manny.
Con el mismo pico que atrapaba a sus insectos en pleno vuelo, había tallado en el nido de Jaime. Sorprendido, el hornero no pudo salir de su asombro.
"Gracias. ¿Quién eres que te has atrevido a dejar un recado con tamaño halago?", se preguntó.
Desde ese momento todo empezó a cambiar para Jaime. Pasaban los días y la lluvia misteriosamente dañaba la construcción posada en un esquinero de un bello caldén, pero no el mensaje. Era un perfecto trabajo manuscrito, como un papiro, con intrigas y misterios en apenas pocas líneas.
Manny supuso que Jaime no respondería. Pero, a media mañana, decidió regresar al nido.
"Ahora que veo que has respondido, me gustaría saber quién eres realmente. Soy Manny", escribió, con interés que ascendía como el calor de los días, como la prolongación de las tardes.
Quería respuestas a su curiosidad. Era como una necesidad imperiosa, como una urgencia antibiótica capaz de calmar su ansiedad. Esperó en un hermoso árbol, a unos veinticinco metros del nido. Buscaba, en silencio y oculta, develar la imagen de Jaime.
Pretendía saber si todas esas suposiciones, las imágenes que armaba en su mente como un rompecabezas, eran acertadas.
Lo había pensado morrudo, con ojos redondos, alas simétricas, unas patas hermosas y un pecho varonil que se contrapusiera con la imagen interior. Porque -creía Manny- Jaime parecía ser un ave inteligente y ese equilibrio de rusticidad intuitiva era la perfecta combinación para calmar su angustia.
El sol empezaba a irse. Pero en este escenario tan plano en altura parece despedirse casi de manera holgazana. Contemplar cada una de sus despedidas, en el silencio del ocaso y con los silbidos minúsculos de la brisa, en ese firmamento rojizo, es un bálsamo propiedad exclusiva de este suelo.
Jaime llegó, finalmente, a su nido. Exhausto, sediento, hambriento y con ganas de nada. Sin embargo rompió su rutina, se posó en la fachada de esa bella estructura y alcanzó a leer las palabras de Manny.
No las contestó y a cambio eligió esperar. La primavera había llegado. Al fin las rosas rojas perfumaban el aire, renovando aquel sabor del otoño ventoso. Pero la inquietud también persistía en Jaime, en ese amanecer junto al rocío de la grama silvestre.
"¿Quién será Manny? -se preguntó. ¿De dónde vendrá?, ¿Qué aspecto tendrá?, ¿Será tan perfecta como lo imagino?".
Mientras bajaba a la fuente para refrescarse y emprender una nueva jornada, Jaime se sorprendió:
"Hola, soy Manny", dijo la golondrina, con voz suave, dulce y tierna.
"¡Hola! Soy Jaime", respondió el hornero, después de un silencio de cinco segundos, ese espacio que sólo parecen llenar los ángeles.
Se miraron. Una y otra vez. Y en esas miradas la afinidad se potenció. Jaime era lo que Manny había esperado por años, tal vez en su vida entera; Manny era lo que Jaime imaginó, como si el tiempo se hubiese detenido en el momento inexacto. Pero el tiempo los había unido, tarde o justo, sólo ellos sabían.
"¿Vamos a volar?", propuso Jaime.
"Vamos", aceptó Manny.
Juntos conjeturaron, desde lo alto, que éste era su momento. Jaime abrió sus alas, casi con temor, un poco con vergüenza, y señaló el camino. Era una perfecta jornada primaveral y al unísono entonaban las más bellas canciones y escuchaban el sonido del llano, cuando el viento les acariciaba la cara y sentían a la felicidad circunstancial como parte de un mundo surrealista y fantástico.
- Eres más de lo imaginado -dijo Manny.
- Y tu también -contestó Jaime.
- Siento que te quiero.
- Y yo siento que te quiero a cada instante. Pero tengo miedo.
- ¿Miedo?
- Sí, tengo miedo a... enamorarme. Pero es un miedo que quiero seguir sintiendo.
- Yo nunca debí haber escrito en aquel nido.
- Yo nunca debí haber respondido. Pero nadie podrá impedir que este sea nuestro secreto.
- No, nadie. Tampoco quiero que nadie lo impida.
Viajaron nuevamente, durante horas. Cuando llegó la noche, contemplaron las estrellas (como lo había imaginado Jaime), se abrazaron, se besaron y se amaron como nunca nadie.
Al día siguiente Manny voló. Lejos. Como un ave migratoria que siempre encuentra el camino de regreso. Pero escribió un mensaje cargado de dolor:
"No puedo soportarlo. Siempre estarás en mi corazón. Ha sido fantástico encontrarte. Aunque no creo poder soportar tu ausencia, tu lejanía, debo marcharme. Soy ave de otro mundo, un mundo diferente del tuyo. Tal vez encuentre mi camino lejos de aquí".
Jaime se despertó. La buscó, aún sentía su perfume, sus caricias, sus abrazos. Pero Manny ya no estaba. Miró ese mensaje de despedida y escribió esperando una respuesta.
"No creo poder soportarlo tampoco. Es tan fuerte que siento que mi corazón estallará en millones de partes. Tendré muchos años y si aún tengo el valor de soportar el dolor, me aferraré al consuelo de haberte encontrado en una primavera".
Nadie supo si Manny volvió a leer. Quizá voló lejos y encontró otro nido que admirar. Tal vez la música de las montañas, o el ruido de las grandes ciudades, terminaron por atraparla.
Jaime esperó. Una y otra noche, inundado en un mar de lágrimas, por un nuevo abrazo que nunca llegó. Sentía que el miedo de lo demasiado tarde había llegado cuando la angustia terminó por darle el golpe de gracia.
JMS
miércoles, octubre 17, 2007
DIARIO DE VIAJE
Me duermo escuchando a Charles Mingus. Está bueno viajar porque hacía mucho que no me recostaba sobre una butaca de un gigante de la tierra. Pero me asusto, no sé si por lo accidentes recientes o qué, cuando el micro queda cruzado en la ruta. En realidad, el chofer olvidó el camino y tuvo que retroceder, con todo lo que implica dar la vuelta en medio de la ruta.
Después, más tranquilo, trato de cerrar los ojos y me entrego al destino. Ese destino es Retiro, a las 8:30 de la mañana. Está igual que siempre. Lleno de gente. De olores. De peruanos, chilenos, paraguayos y bolivianos que parecen ser más que los nuestros. Vamos en plan periodístico a cubrir un par de peleas interesantes al Luna Park.
Es sábado. Un sábado más. Desayunamos con un amigo en la calle Córdoba por 8 pesos. Y telefoneamos al padre del boxeador al que vamos a ver. “Está bien, con ganas. Ahora vamos a ir a caminar”, me dice JC. Su hijo, un grandote bonachón pero boxeador de medio pelo, buscaría luego (fallidamente) la conquista del título argentino pesado contra El Carnicero. En el mismísimo Templo Sudamericano del boxeo. Lo bueno de Buenos Aires es que si programás algo y tenés que esperar, podés llenar los espacios. ¿Cómo? De cualquier manera. Caminar es una buena alternativa, porque no te das cuenta del tiempo. No tomás noción de que, en un par de horas, tus pies comenzarán a ampollarse. Pero vale la pena meterse en ese mundo y ver. ¡Cuántas cosas, por favor! En el Hostel hay brasileros. Está plagado de ellos. “Nos favorece el cambio, venimos siempre”, dicen en un portuñol entendible. Ellos son docentes y vienen a gastar lo que nosotros hoy no tenemos: dólares. Primera diferencia de la vida y la muerte en Brasil y Argentina. ¿Podrá un docente rural argentino gozar de esos placenteros viajes por las playas de Copacabana? Lo dudo.
Ahora voy por Florida. Hay tranquilidad. Obreros, muchos obreros, y pocos mendigos. Pero sé que la muerte está respirando en la nuca de los individuos desconocidos. Es eso lo que quería encontrar (no la muerte, claro, sino los protagonistas que viven con esa sombra de manera constante).
En avenida Santa Fe un supuesto ex combatiente de Malvinas muestra su pierna izquierda sostenido por dos muletas. Está entumecida, hinchada, a punto de reventar. “Tendrías una moneda”, dice a modo de ruego. “Che, ¿tendrá la pata así?”- me pregunta mi amigo. “Creo que sí”- le respondo.
Dos cuadras más, un nene de cinco años con un cartel en sus manos, se cruza en el camino. Adiestrado, el pequeño con mocos en la nariz, el pelo duro y la mugre como compañera inseparable, también pide monedas. Los chicos son los enviados del diablo, mientras el hombre de rojo se multiplica en las villas mirando la tele y escuchando cumbia. ¿Por qué no está estudiando el niño? Esa maldita costumbre fomentada por los políticos demagógicos. “Vamos a crear escuelas, vamos a vencer el analfabetismo...” ¿Dónde carajos están Cristina, la Gorda Carrió,
Rodríguez Saa? En la calle, caminando, seguro que no. No vaya a ser que el supuesto ex combatiente le contagie la pobreza. O que un moco del chico le caiga en el Ricky Sarkany a la mujer del Pingüino.Tomamos un taxi para ir a comer al Abasto y veo una imagen que, increíblemente, se esmera en recordarme que definitivamente estamos en Buenos Aires. Unos diez viejos en la puerta del hipódromo, esperando que la agencia de Palermo abra sus puertas porque se corre el Gran Premio en San Isidro por la tarde. Sí, esto es Buenos Aires. Esa es la muerte con la que convivieron y convivirán los burreros. Viven para morir por una cabeza. Sólo por eso.
En el Abasto, a metros de ese gran mercado propiedad de George Soros transformado en el shopping más grande de Buenos Aires, se come bien. Que lo diga un ruso con su señora y su pequeña hija, en un tenedor libre. El soviético abusa y abusa. Se sirve media tortilla en el plato, jamón con melón, salsa guacamole, papas fritas cortadas en julianas, ensalada de repollo y lechuga (no había tomates, por el sobreprecio) y lengua a la vinagreta. Todo para él solo, como si se tratara del último almuerzo. El mozo, uno de los tantos peruanos que caminan por Abasto, se ríe. Nosotros también. No podemos creer que, además de eso, el bueno del visitante caiga con dos nuevos platos llenos: uno de frutas (frutillas, kiwis y bananas en rodajas) y el otro con ¡cinco porciones de tiramisú! Increíble, pero cierto.
Se hizo la hora de marchar y el soviético no estaba. Yo pensé: “El tipo revienta y se muere”. Pero vive. Porque está en la puerta preparando una nueva embestida, con un digestivo cigarrillo rubio. En el paseo Gardel está la estatua del Zorzal. Y los perucas salen a borbotones. Son ocupas y otra vez la muerte sale a mi lado. Pide fuego un Don Nadie para quemar su porro. Vive para morir ahumado.
En un toque empieza Argentina. Del fútbol hablo. Y ya las baterías no responden como por la mañana. De nuevo al taxi y después de pasar por Santa Fe, de regreso al hotel. Y otra vez taxi, en este frenesí de ida y vuelta que genera Buenos Aires y que contagia.
El Gordo, un ex chofer de micros, dice que arriba de su auto está feliz. “Gano bien. Estuve 20 años en la ruta y me fui porque me había podrido”, cuenta. Le pregunto si sabe cómo va Argentina y responde: “Riquelme es un ‘mostro’, ‘esh un cra’. Hizo dos golazos, el segundo mejor que el primero. Es de otro planeta”.
No es difícil deducir que se trata de un adorador de Juan Román. Y, por lógica, fanático de Boca. “¿Vas a la cancha?”-le pregunto. “Ahora no voy más. ¿Sabés qué pasa?, tengo miedo de que me maten. Y yo al fulbo lo quiero disfrutar, antes se podía, cuando estaba José Barrita”, me dice. Vivir, una vez más, con la muerte es el tema. “Mirá, ahora pasamos por Cocodrilo. Acá Maradona sabe salir con unos pedos terribles. Lo han sacado casi muerto”, cuenta. ¿Muerto? ¿Casi muerto? El Diego no va a morir nunca, creo pensar como todo argentino medio.
Nos bañamos y vamos al Luna. El tachero (otro) está feliz porque Riquelme demostró que se equivocan con el en España. “Es un grande, ese chileno que no lo tiene en cuenta... (por Pellegrini). El que no me gusta es Heineken”, nos cuenta. En realidad se quiso referir a Heinze. Este tipo no encaja en el estándar porteño. O sí. Por ahí era un chanta que quería quedar bien con sus pasajeros. Quién sabe. En el Luna Park hay polis que fuman y charlan como si estuviesen en un café. Tal vez a cinco cuadras se estén matando por una gallina, pero esta yunta de federicos parece abstraerse de esa realidad. Entramos a ese gigante, ahora capitaneado por Esteban Rivera, el sobrino de Tito Lectoure, y sabemos que lo único que puede salvarnos es que al menos los tipos que practican el Noble Arte nos llenen los ojos. Porque es un embole. No hay gente. Hay un título del mundo en juego y un campeonato argentino (el propósito de nuestro viaje), pero a los porteños no les seduce. “Será una noche histórica para el Luna”, dicen los árbitros, una especie de cofradía reunida a metros del cuadrilátero. “Pero porque desde la reapertura, será la noche con menor cantidad de gente”. Y tienen razón. El Luna lució en un 30 por ciento de su capacidad. Lo veo al viejo Horacio Pagani (maestro de los maestros), abrazado –casi como idolatrado- por la nueva generación de periodistas de los diarios porteños. Está sentado en un lugar de privilegio al que nos hubiese gustado ir, pero bueh... “Tengo un día larguísimo. Después de la selección, me voy a cubrir el título del mundo”, dijo en la tele. Porque además de escribir, opina bien en la pantalla y habla bien en la radio. Lo bueno que tiene Pagani, un tipo que jamás pasaría un casting para ser modelo de Dior, es una hembra infartante. ¡Aguante Horacio!
Para nuestra desazón, se muere la ilusión del crédito cordobés al que fuimos a ver, justo en los 10 segundos finales. Bajó del cielo al infierno en un acto supersónico. Tuvo la gloria en sus manos, pero se quedó sin nada. Suerte que el mendocino Reveco nos regaló después un KO antológico al hígado del mexicanote Pool, de esos que vienen con efecto retardado. El cuate murió en su ley. Y Reveco vivió en su ley.
La noche termina. O empieza en San Telmo. Ahí hay vida. Ahí hay barro en serio. En un bar de mala muerte de tres por tres canta tangos como pocos Jorge Guillermo. Y estamos plenos, al menos por un rato. Caminamos con la muerte a las espaldas y la imagen persistente de que un punga armado termine con todo. Pero es sólo una aureola que hay que espantar para tratar de estar mejor. Aunque la muerte nos persiga, parece que no es nuestra hora. Si miro en retrospectiva, por unas horas, me angustio. Porque recuerdo a la Dama de Negro que vuela y vuela, como en cualquier lado. Aunque parece que su domicilio está pegado al obelisco.
Yo, gracias a Dios, puedo darme el lujo de evitarla y seguir con vida a 600 kilómetros.
JMS
viernes, octubre 12, 2007
DEPORTES
¿Quién es Agustín Pichot?
Leí una nota en el diario AS de España y decidí colgarla. El costado que pocos conocen de Agustín Pichot, el capitán del seleccionado argentino, que además de todo lo que se dice en esta rápida biografía, tiene a su cargo una Fundación que facilita las condiciones de estudio de chicos de la comunidad Toba en Argentina.
El socialista del rugby gobierna Argentina
Perdió dinero en El Corralito, lee a los griegos, juega al ajedrez, ama a París y dice que al jugar tiene "miedo" porque no le gusta que le peguen.
"Pichot es genuino. Al morir su padre, en 1999, en pleno Mundial de Gales, con Argentina en cuartos de final, Agustín sintió un vacío. Como terapia escribió un ensay
o de 150 páginas sobre la muerte y la vanidad de la existencia, cuajado de referencias a Freud y Sartre. Lo tituló La mediocridad del éxito. De familia burguesa, le dijo a su padre que quería jugar al rugby y éste le respondió: 'Estudia, del resto me encargó yo'.Fue repudiado por su federación por irse al rugby profesional inglés, pero no dudó en cruzar el Atlántico para jugar con los Pumas por 20 libras al día. De Richmond pasó a Bristol, donde fue el primer argentino en capitanear a un equipo inglés. El día antes de jugar ante los All Blacks, en 2001, su familia recibió una llamada: "Saquen el dinero del banco". Pichot se centró en el partido y perdió todo en El Corralito, pero "jugué uno de los mejores partidos de mi carrera".
Amante fiel
En 2003 emigra a París, "mi amante fiel", a enrolarse en el Stade Français de Max Guazzini, donde sale campeón de Francia y de Europa en 2004. Ascendió al status de estrella y sex symbol y lanzó su propia línea de moda: AG9 de Nike. Pero Pichot es camarada antes que estrella. Durante una negociación, una marca de automóviles le ofreció un coche bajo mesa para cerrar el acuerdo de esponsorización. Pichot les retó: "Si le dan un auto a cada pibe, lo cerramos ya". Hace dos meses Martín Gaitán sufrió un infarto y Agustín pasó tres noches al pie de su cama. Su relación con Guazzini acabó en divorcio por el vedettismo de éste. Para Pichot "el rugby es socialismo. O ayudas al compañero o el equipo jamás gana". Consecuentemente se fue al Racing Metro, eterno rival que malvive en Segunda. "Allá la gente sabe cuánto vale el pan. Y seguiré en el barrio (Quai Louis Bleriot), en mi café, con mi quiosquero". Este fan de Churchill, Napoleón y De Gaulle lee a García Márquez y a los filósofos griegos, juega al ajedrez, toma mate con Maradona y despacha en la Casa Rosada con la Kirchner, que quiere enrolarle en su proyecto político. Es Pichot, un medio melé que no esconde que "al jugar tengo miedo. A nadie le gusta que le peguen". Un tipo genuino.
jueves, octubre 11, 2007
DEPORTES
El rancio sabor del amateurismo
El miércoles por la noche vi Tercer Tiempo, un muy buen programa de ESPN que analiza la actualidad del campeonato mundial de rugby que se juega en Francia y, en particular, el estupendo momento de Los Pumas.
Todo marchaba bien hasta que escuché a Rodolfo Michingo O’Reilly, alguien que merece mi respeto como hombre de rugby y como persona mayor, con una gran historia sobre sus espaldas vinculadas a este deporte.
Sin embargo O’Reilly incurre en demasiados conceptos rancios de este deporte y deja la impresión de qué, en definitiva, no puede ni quiere disfrutar de este presente del seleccionado argentino.
Dijo O’Reilley, firme en su discurso:
“Están haciendo que suceda a la inversa, porque el rugby podían jugarlo todos, y ahora sólo podrán hacerlo unos pocos. Esto es la consecuencia de lo que quieren mostrar los medios, porque el 80 por ciento de la gente del rugby está en contra de la profesionalización. Los medios ahora presionan para hacer de esto algo exclusivo”.
“Cuando aparece la sensación de ganar, termina perjudicando al juego. Entonces, se rompió la historia de derechos y obligaciones, y ahora el verso es ganar. Con todo esto vinieron a robar muchos”.
“Al rugby no le cambia la vida si Argentina le gana a Escocia. El rugby no creció, porque el ídolo no genera crecimiento, es mentira que hay más jugadores que antes. El rugby creció en los ’80 y a mediados de los ’90, después entró en una meseta. No hubo aumento cuantitativo”.
“El dinero, desgraciadamente, implica otros cuidados. Debemos debatir qué rugby queremos. En el rugby nunca fue importante ganar, y si se pierde eso en función del dinero, vamos mal. Antes, los chicos de menores de 16 años querían parecerse a Ernesto Ure o Rafael Madero. Ahora los chicos no sé si quieren ser Pichot o Contepomi por el juego, o porque están todo el día en la televisión. El concepto cambió”.
Para O’Reilley la actualidad de Los Pumas es producto exclusivamente de los medios. Es una figura absatracta. Los medios siempre tienen la culpa y los verdaderos protagonistas no son reconocidos recién hasta que se sientan en el sillón del olimpo.
Estoy harto de escuchar que los “medios tienen la culpa de...”.

La tozudez y porfía de O’Reilly no es un buen síntoma para el deporte argentino, en especial el rugby. ¿Cómo reestructurar el “nuevo rugby argentino” a partir de este Mundial? Sin dudas es algo que los dinosaurios deben aceptar, preocuparse por hacerlo y dejar a un lado el falso discurso del maldito elitismo que ellos encubren cada vez que hablan en cámaras. Es cierto que el rugby es negocio. No desde ahora. Y yo descreo que no importe demasiado la derrota en un juego. Sí, sospecho, que se desdramatiza la situación por la formación misma del jugador, donde existen los benditos valores y el altruismo fomentado por toda esta gran familia.
También descreo que, como dice O’Reilly, la victoria sea siempre del equipo y que es imposible que un jugador -o mejor dicho el individualismo- pueda ser factor determinante en un match. ¿Qué dirá O’Reilly de aquel 21-21 en Ferro, en 1985, entre Argentina y All Blacks? Hugo Porta, tal vez el último romántico del rugby, anotó la totalidad de los puntos argentinos. Es un caso que bien puede servir de ejemplo pues este deporte también admite jugadores distintos dentro de un grupo.
Valoro -insisto en este concepto-, todo lo que el rugby representa como divertimento, como desarrollo del individuo en la sociedad, como formación integral del niño. Pero disiento con pensamientos vetustos, inadecuados para las realidades actuales de Argentina en el concierto mundial. Y yo soy sólo un opinador mediocre que ve y escucha a lo lejos.
Los Pumas se plantaron ante la Unión Argentina de Rugby. Gritan el himno y lloran cuando salen a la cancha en el Mundial; es un grito de bronca, un mensaje encubierto para todos aquellos que jamás imaginaron en este presente (los mismos que pasean sus millones por el mundo, los cajetillas de los habanos de los que he hablado).
“No aceptar” es cerrar la tapa del inodoro. Es una escuela tan patética como estúpida. La IRB reclama mejor organización, acorde a los tiempos actuales.
Pedimos un lugar en el mundo que no merecemos por los dirigentes de la Unión Argentina; Los Pumas, por sí mismos, piden ese lugar en el mundo y ellos sí, verdaderamente, lo merecen. Por haber roto estructuras, por ser vanguardistas y masoquistas al mismo tiempo, por haber sabido atravesar mil campos minados; por estar entre los mejores cuatro equipos del planeta; por hacer que el mundo hable de ellos, incluso, los que deben hacerlo forzosamente.
JMS
jueves, octubre 04, 2007
DEPORTES
Los Pumas están entre los ocho mejores equipos del mundo. No es casualidad. La International Rugby Board, una especie de FIFA del fútbol, dice que Argentina es la cuarta potencia en la actualidad de este deporte pero le niega la participación en los circos anuales más grandes (por ejemplo, los del hemisferio sur). El mundo habla de nuestros jugadores y el par de golpes en Francia, en el debut del torneo ecuménico ante el equipo Galo, y el domingo pasado ante Irlanda para finalizar en lo más alto en el Grupo de la Muerte. El periodismo especializado destaca el trabajo que hicieron, en los últimos cuatro años (aunque es el segundo período), Marcelo Loffreda –el head coach-, su asistente y amigo Daniel Baetti y su grupo de trabajo que incluye médicos, fisios y personal capacitado para estudiar y scautear (este es un término basquetbolero que tiene que ver con analizar el comportamiento y el funcionamiento en el campo de los futuros adversarios).
Ha sido un trabajo integral con una estructura deficitaria, aún hoy manejada por personalidades que entienden al rugby argentino en su sentido originario, valorando el amateurismo por encima de las realidades de los tiempos actuales.
Es la dirigencia de la Unión Argentina de Rugby la que no quiere entender que Los Pumas, por derecho propio, se hicieron grandes y trascendieron las fronteras de ese amateurismo que hoy es una página amarilla de un libro vetusto. Los dinosaurios cajetillas de este deporte fuman habanos cubanos, toman whisky escocés, hacen alardes de sus millones y se suben al carro triunfalista como si ellos hubiesen sido parte de esta historia.
Hoy el rugby es el tercer deporte detrás del fútbol y el básquetbol, con mayor cantidad de jugadores federados en sus categorías formativas. Y no hay que temerle al ocaso deportivo con la selección de Agustín Pichot, Gonzalo Longo, Mario Ledesma, Rodrigo Roncero, pues ellos se encargaron de dejar un legado in situ que ya atraparon -y del que ya se adueñaron- Felipe Contepomi, Juan Martín Hernández, Patricio Albacete, Gonzalo Tiesi, Lucas Borges, Ignacio Corleto y Juan Fernández Lobbe por nombrar a un puñad
o de ellos.Pero esto es lo bueno que los deportes de conjunto suelen dar cuando las mejores cosechas funcionan como tallos reproductores de una viña que, sin dudas, pronto será aún más rica. Ocurre lo mismo en el básquet, el tenis o el voleibol.
Los Pumas hoy están en la cúspide. En el mejor momento de su historia. Y sí, son los mejores Pumas de la historia aunque de las proezas ante Springboks, All Blacks o Wallabies, sólo haya leído en revistas o internet.
A través del tiempo he podido entender –o al menos trato de esforzarme a diario para seguir comprendiendo- de qué se trata el deporte. Y arribé a varias conclusiones, después de analizar por unos cinco años partidos domésticos en vivo, además de los que se juegan semanalmente en la URBA y los test matches de nivel mundial que llegan por TV por cable. Me di cuenta de que, además de un orden en sus delanteros (los tipos más grandotes que tiene un equipo de rugby, ese fantástico grupo de los ocho que se juntan como amigos para empujar cuando se agrupan en los scrums o en los mauls) y de la capacidad de sus tres cuartos (los que mueven la pelota y en teoría hacen el trabajo más “simple”), Argentina tiene otro condimento que le ha valido el respeto. Este grupo siente que hay una manera de defender a la patria en una batalla y es hipotecando sus piernas y su cabeza a cada momento; es la expresión máxima de patriotismo deportivo a cualquier precio. Y es lo que me ha gustado.
Quizá por eso los tipos han logrado entrar en muchas casas en donde se veía Crónica TV o Discovery Channel, y no ESPN. Hoy todos saben que Los Pumas están haciendo algo fuera de casa y lo están haciendo demasiado bien.
Lo que también me atrapa de esto es que, como decía James Guillenwater (un intelectual que cayó en Santa Rosa para practicar el deporte) "el rugby es como una tragedia griega, pero sin desdichas".
Por eso Los Pumas se fueron aplaudidos por los impúdicos jugadores irlandeses y después tuvieron que soportar, con la mandíbula por los botines, la felicidad argentina como una espina en el zapato.
Al margen de ello, me sorprende la madurez de este grupo. Y rescato las palabras sinceras, medidas y honestas, de Agustín Pichot, tal vez el mejor medio scrum argentino de la historia: “Nosotros no podemos ir al Mundial para ver qué pasa. Tenemos que ir a ganar todos los partidos. ¿Podemos? sí, claro que podemos”.
No fue una expresión demagógica, por el contrario, fue un pensamiento que habla -necesariamente- de cómo debe mentalizarse hoy un jugador en el concierto mundial para conseguir resultados. En el fondo Pichot sabe que hablar desde el engreimiento sería pecar al segundo de haberse confesado.
Son profesionales por derecho propio, es cierto, pero son profesionales distintos del resto. Juegan en las mejores competencias del mundo (Francia, Inglaterra, Irlanda), ganan el dinero que en nuestro país no podrían, pero defienden una bandera como pocas veces he visto. Tal vez el equipo de básquetbol que perdió la final del mundial de Indianápolis con Yugoslavia, en 2002, me haya causado una impresión similar, por encima del que ganó la medalla de oro en Atenas.
Aplaudo muy desde lejos esto. Soy uno más de los cuarenta millones de corazones nacidos en esta tierra tan herida -pero a su vez tan fabulosa- que pretende más de este equipo. Que lo imagina lejos, como debe imaginarlo cada uno de los que sale a la cancha a cumplir con la misión. Pero no puedo ser tonto. Es que si Escocia hace más puntos que Argentina el domingo, no habrá que hacer aserrín con la madera desparramada por el piso porque este grupo no lo merece. Estaríamos leyendo la misma novela fomentando la mediocridad y el facilismo argentino de la libre opinión gratuita, una maldita costumbre que nos rodea por creernos el ombligo del mundo.
JMS
viernes, septiembre 14, 2007
Homenaje
Pájaros de jaulas negras
El 14 de septiembre de 1923 Luis Angel Firpo inmortalizó el boxeo. No importa su derrota en Estados Unidos con Jack Dempsey, que lo haya sacado casi del ring y demás. Es un dato anecdótico pues se trató, para muchos, de un acontecimiento único en la historia del deporte. Por eso se instituyó ese día como “El día del boxeador”. Siempre las efemérides se disparan a partir de hechos puntuales, de relevancia y el boxeo celebra como su día cada 14 de septiembre. Igual que el día del niño, del padre, la madre, el abuelo, el abogado, el doctor o el arquero.
De modo que levantar el teléfono, llamar y decirle a un trabajador de los puños que tenga un buen día, puede sonar como un acto simbólico. Sin embargo en el fondo hay algo más en ese mensaje. Es el reconocimiento y el agradecimiento, un feedback entre admirador/admirado que puede ser reconfortante.
Muchas veces el deporte y los deportistas son y serán enjaulados en celdas negras, marginales, en la cuna misma desde donde emergen los protagonistas. Casi con desvergüenza se habla de las cualidades del deportista fuera del cuadrilátero y esas consideraciones no son más que actitudes hipócritas
, cuanto menos, infortunadas.Conozco el deporte (gracias viejo!) desde que tenía 4 ó 5 años. Hace más de 25 que me enamoré del boxeo, los gimnasios, las sesiones de guanteos y me entrometí -como pocos- en los pormenores de las vidas de muchos tipos que se ponen un par de guantes de 10 o 12 onzas, una coquilla y botitas para salir, embadurnados en vaselina, a función. Fui hasta parte de sus vidas y he seguido (en mi delirio apasionado) entrenamientos a las 4 de la mañana, conocí a campeones del mundo y hasta fui testigo de la reinauguración del Luna Park, ese templo del boxeo sudamericano. Y por eso siempre seguí una norma, la misma que llevo cada vez que pedaleo en mi bicicleta: si hablan y caminan, son de mi especie.
Tienen y padecen las mismas miserias de todos los seres humanos. Llegan a callejones sin salidas como cualquiera de nosotros. Son ricos y pobres a la vez; desmemoriados y frágiles, pero tienen un corazón a prueba de cañones que otros no. Y se sienten íntegros defendiendo ese corazón firmando un seguro de vida antes de que suene la campana (o el timbre, en este boxeo contemporáneo).
Son caballos salvajes en un terreno habitable sólo para ellos. Y allí enfocan su objetivo en el contrario con un odio efímero. El “Noble Arte” como lo llama el sociólogo francés Loïc Wacquant, es capaz de generar una relación de odio-amor por el prójimo en cuestión de segundos. Esa es, entonces, una causa a plagiar para los supuestos personajes alérgicos al olor a linimento, el asombroso mundo del proxenetismo y la delincuencia.
No se puede etiquetar al boxeo trivialmente; hay que entender de qué se trata, quiénes son sus actores primarios y cuáles aquellos que cumplen roles de reparto. Es un mundo aparte. Un “Mundo maravilloso” al que no creo pertenecer aunque muchas veces el deporte mismo me lo haga sentir.
Sí me siento íntegro defendiendo al que intenta escapar de la miseria con una propuesta tan digna y auténtica: sobre un ring y con la visita insistente de la Dama de Negro.
Generalmente todo suele ser por apenas dos pesos. Sin embargo, el fin es el mismo: ganar en el boxeo es sentirse parte de la sociedad. Es un mensaje que, en definitiva, deposita al individuo en los ojos del mundo real. Al menos cuando tiene sus cinco minutos de fama. Y eso vale más que un millón de palabras.
Johnny Nonnel
jueves, septiembre 13, 2007
Poema invitado
Inscripción Sepulcral
He visto al dorado ocaso alto por el jardín filtrarse.
He visto a Saramago y al dios de Saramago.
He bebido del pecho de Whitman, como todas las criaturas
del universo han bebido.
He visto a Job dividirse en tres.
He amado a todas las mujeres y probado la miel de unas cuantas.
He visto al abuelo sembrar el cerezo y he visto al cerezo ver morir
al abuelo.
He visto la cara última de la cicuta.
He sido la noche y su laboriosa complicidad.
He visto la cara oculta de las treinta monedas.
He sido el horno, el pan, la boca, la satisfacción, el hambre.
He sido los amores de Aracne y la ira de Atenea.
Fui dueño de todas las miserias: las de los hombres y las de los
dioses.
He visto a Dios confundir los idiomas y destruir ciudades
con fuego.
He visto nacer a Ra y he concebido el Océano.
El viejo Caos me buscó para que erigiéramos el orden.
He sido el tálamo donde Ulises talló su amor y he sido las manos
que tallaron el tálamo.
He sido el hilo con que Penélope tejió y destejió el tiempo.
Fui la cifra de una causa,
Y ahora, soy materia del habitual olvido.
SLS
Este es un bello poema de Sam. Permiso amigo!
Poema III
La cara de la palabra
¿Cuál es la cara de la palabra escondida?
Quisiera saberlo/Quiero saberlo.
¿Qué oculta su rostro de misterio?
Quisiera saberlo/Quiero saberlo.
¿Qué es el amargo dulzor de su voz?
Quisiera saberlo/Quiero saberlo.
¿Qué es lo que trama?
Quisiera saberlo/Quiero saberlo.
¿Qué es lo que sabe?
Quisiera saberlo/Quiero saberlo.
En ese espacio paradisíaco
con los aires surrealísticos,
el lado oculto de la luna
siempre está,
primaveralmente.
Es ahí donde asoma sus dedos
y dispara mil palabras
bellas,
generosas,
dadivosas.
No creo merecerlas
de nadie.
Soy un mar sin olas,
a veces intransitable.
Sólo aquellas almas
dispuestas
llegarán a navegar
en mi espacio infinito.Y allí dormirán
en un instante eterno
en mi regazo cómplice
acariciadas por el grito del silencio.
Es la invitación
a la paz magnánima.
Sin husmeadores en la costa.
Silamim
Poema II
Ay,
dueño de ese gris inconmensurable;
de ese techo ingobernable;
Ay,
amo natural del desconcierto;
Ay,
escenario indómito,
Cuándo alumbrarás a los habitantes
del asfalto transpirado?
Es esa tu cara de nostalgia?
Pues así parece.
Silamim
Poema I
Me mojo, a mi antojo;
con gotas, me mojo;
y siento el despojo,
de mis ojos rotos;
del agua que cae;
del agua que sale;
del agua que espera.
Me mojo libre,
en el espacio infinito
de la bendición celestial
que cae
(como caricia efímera).
Es su palmada
del ángel que vuela
con alas verdosas,
mientras se suspende
(siempre invisible).
Me mojo de nuevo,
ya perezoso.
Y espero el momento
para salir del tedio
(del eterno tedio).
Acaso no sea éste
el lugar que me inunde
de felicidad eterna.
Silamim








