jueves, octubre 25, 2007

Cuento


Mensajes en un nido

Manny era una hermosa golondrina. Resplandeciente. Llena de vida, de música. Sus gritos eran una invitación al paraíso. Estaba llena de paz. Volaba como en los documentales de National Geographic y su rostro se iluminaba cuando se posaba sobre los arbustos. La recuperación de energías apenas le demandaba minutos porque quería, otra vez, zigzaguear entre las nubes y encontrar al sol, alimentarse al vuelo y planear, una y otra vez.
Jaime era un rústico hornero. Daba la imagen de parco, solitario. Pero tenía sus tiempos y era capaz de ganarse el respeto de todos cuando armaba su nido. Lo hacía con tal delicadeza como el mejor arquitecto.
Así trataba de fortalecer su unión, de terminar de realizar sus sueños y encontrar la felicidad.
Manny decidió volar e imaginarse debajo del cielo más grande, lejos del bosque que frecuentaba en los últimos meses.
Era feliz de a ratos, quería serlo plenamente. Nadie la veneraba, no sentía que fuera digna de un amor profundo, aunque se esmeraba con cuestiones de coquetería, siempre sentía que la soledad la atraparía al final de su camino.
Se había apartado del resto, Otto, Brian y JP, eran apenas imágenes de una foto que comenzaba a ponerse amarilla. No cuadraban con sus intenciones, pues Manny pretendía amor en flores, en versos, en caricias y de una manera pomposa, pero a la vez simple.

Mientras los pimpollos asomaban su cabeza y las hojas vestían a los árboles en medio de la llanura, decidió elogiar la construcción del nido de Jaime. Y dejó un recado:

"Eres muy bueno en lo que haces. Me encanta el trabajo final que has hecho con el nido", escribió Manny.
Con el mismo pico que atrapaba a sus insectos en pleno vuelo, había tallado en el nido de Jaime. Sorprendido, el hornero no pudo salir de su asombro.
"Gracias. ¿Quién eres que te has atrevido a dejar un recado con tamaño halago?", se preguntó.
Desde ese momento todo empezó a cambiar para Jaime. Pasaban los días y la lluvia misteriosamente dañaba la construcción posada en un esquinero de un bello caldén, pero no el mensaje. Era un perfecto trabajo manuscrito, como un papiro, con intrigas y misterios en apenas pocas líneas.
Manny supuso que Jaime no respondería. Pero, a media mañana, decidió regresar al nido.

"Ahora que veo que has respondido, me gustaría saber quién eres realmente. Soy Manny", escribió, con interés que ascendía como el calor de los días, como la prolongación de las tardes.
Quería respuestas a su curiosidad. Era como una necesidad imperiosa, como una urgencia antibiótica capaz de calmar su ansiedad. Esperó en un hermoso árbol, a unos veinticinco metros del nido. Buscaba, en silencio y oculta, develar la imagen de Jaime.
Pretendía saber si todas esas suposiciones, las imágenes que armaba en su mente como un rompecabezas, eran acertadas.

Lo había pensado morrudo, con ojos redondos, alas simétricas, unas patas hermosas y un pecho varonil que se contrapusiera con la imagen interior. Porque -creía Manny- Jaime parecía ser un ave inteligente y ese equilibrio de rusticidad intuitiva era la perfecta combinación para calmar su angustia.
El sol empezaba a irse. Pero en este escenario tan plano en altura parece despedirse casi de manera holgazana. Contemplar cada una de sus despedidas, en el silencio del ocaso y con los silbidos minúsculos de la brisa, en ese firmamento rojizo, es un bálsamo propiedad exclusiva de este suelo.

Jaime llegó, finalmente, a su nido. Exhausto, sediento, hambriento y con ganas de nada. Sin embargo rompió su rutina, se posó en la fachada de esa bella estructura y alcanzó a leer las palabras de Manny.
No las contestó y a cambio eligió esperar. La primavera había llegado. Al fin las rosas rojas perfumaban el aire, renovando aquel sabor del otoño ventoso. Pero la inquietud también persistía en Jaime, en ese amanecer junto al rocío de la grama silvestre.
"¿Quién será Manny? -se preguntó. ¿De dónde vendrá?, ¿Qué aspecto tendrá?, ¿Será tan perfecta como lo imagino?".
Mientras bajaba a la fuente para refrescarse y emprender una nueva jornada, Jaime se sorprendió:

"Hola, soy Manny", dijo la golondrina, con voz suave, dulce y tierna.

"¡Hola! Soy Jaime", respondió el hornero, después de un silencio de cinco segundos, ese espacio que sólo parecen llenar los ángeles.

Se miraron. Una y otra vez. Y en esas miradas la afinidad se potenció. Jaime era lo que Manny había esperado por años, tal vez en su vida entera; Manny era lo que Jaime imaginó, como si el tiempo se hubiese detenido en el momento inexacto. Pero el tiempo los había unido, tarde o justo, sólo ellos sabían.

"¿Vamos a volar?", propuso Jaime.
"Vamos", aceptó Manny.


Juntos conjeturaron, desde lo alto, que éste era su momento. Jaime abrió sus alas, casi con temor, un poco con vergüenza, y señaló el camino. Era una perfecta jornada primaveral y al unísono entonaban las más bellas canciones y escuchaban el sonido del llano, cuando el viento les acariciaba la cara y sentían a la felicidad circunstancial como parte de un mundo surrealista y fantástico.

- Eres más de lo imaginado -dijo Manny.
- Y tu también -contestó Jaime.
- Siento que te quiero.
- Y yo siento que te quiero a cada instante. Pero tengo miedo.
- ¿Miedo?

- Sí, tengo miedo a... enamorarme. Pero es un miedo que quiero seguir sintiendo.
- Yo nunca debí haber escrito en aquel nido.
- Yo nunca debí haber respondido. Pero nadie podrá impedir que este sea nuestro secreto.
- No, nadie. Tampoco quiero que nadie lo impida.

Viajaron nuevamente, durante horas. Cuando llegó la noche, contemplaron las estrellas (como lo había imaginado Jaime), se abrazaron, se besaron y se amaron como nunca nadie.
Al día siguiente Manny voló. Lejos. Como un ave migratoria que siempre encuentra el camino de regreso. Pero escribió un mensaje cargado de dolor:

"No puedo soportarlo. Siempre estarás en mi corazón. Ha sido fantástico encontrarte. Aunque no creo poder soportar tu ausencia, tu lejanía, debo marcharme. Soy ave de otro mundo, un mundo diferente del tuyo. Tal vez encuentre mi camino lejos de aquí".

Jaime se despertó. La buscó, aún sentía su perfume, sus caricias, sus abrazos. Pero Manny ya no estaba. Miró ese mensaje de despedida y escribió esperando una respuesta.

"No creo poder soportarlo tampoco. Es tan fuerte que siento que mi corazón estallará en millones de partes. Tendré muchos años y si aún tengo el valor de soportar el dolor, me aferraré al consuelo de haberte encontrado en una primavera".

Nadie supo si Manny volvió a leer. Quizá voló lejos y encontró otro nido que admirar. Tal vez la música de las montañas, o el ruido de las grandes ciudades, terminaron por atraparla.
Jaime esperó. Una y otra noche, inundado en un mar de lágrimas, por un nuevo abrazo que nunca llegó. Sentía que el miedo de lo demasiado tarde había llegado cuando la angustia terminó por darle el golpe de gracia.


JMS

1 comentario:

Yahel... dijo...

Mejor que leer la interpretacion de los sueños... :-)